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LA CUESTIÓN MASCULINA:
¿OTRO PROBLEMA FEMENINO?

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Por Ana Criquillion

¿Qué les pasa a las feministas? Últimamente parecen muy preocupadas por la "cuestión masculina". Mientras Elizabeth Badinter publica en Francia su libro XY de la Identidad Masculina, en los Estados Unidos está a la venta una colección de ensayos feministas sobre el Movimiento de Hombres.

La República de las Mujeres, de Uruguay, saca, a inicios del año pasado, una serie de artículos sobre "el nacimiento de una nueva masculinidad"; Doble Jornada, de México, y la revista Gente, en Nicaragua, dedican varias de sus páginas al tema; y la misma Fempress publica casi mensualmente recortes o artículos de sus corresponsales tales como "¿Cómo vivir con los hombres?", "Papás preocupados" y "El crepúsculo de los machos", entre otros títulos.

¿A qué se debe tanto interés? ¿Será que, siguiendo nuestro entrenamiento secular, estamos maternando a los hombres, tratando de ayudarles a superar la crisis de identidad en que se encuentran? ¿O tal vez nos sentimos responsables por los cambios ocurridos en los roles genéricos tradicionales y creemos que debemos también contribuir a paliar los "efectos secundarios"? ¿O más bien pensamos que luchar por nuestros derechos y por ser más autoafirmadas no es suficiente y que nos conviene acelerar el proceso de cambio de los hombres hacia actitudes y comportamientos no violentos y solidarios?

Cualquiera sea nuestra motivación e interés, es un hecho que los hombres por su cuenta han empezado a explorar también su condición de género. Muchos ya no se sienten cómodos en el papel de "machos", pero tampoco saben ahora qué significa para ellos ser "hombre" y si el hecho de ser más "suaves" atenta contra su virilidad e identidad sexual.

Algunos, como Juan Carlos Kreimer, editor de la revista Uno Mismo y autor del libro El varón sagrado, y Ernesto Mallo, coordinador de los Talleres de Masculinidad en este mismo país, echan la culpa del malestar de los hombres modernos al hecho de que los padres están ausentes y que la educación de los niños está en manos de mujeres -- madres y maestras omnipresentes y omnipotentes -- que "les enseñan a ver la realidad con ojos femeninos y los vuelven desenergetizados, disminuidos y blandos".

Asimismo, aunque reconocen como justa la lucha de las mujeres contra el sexismo, consideran que "como en toda revolución, hubo excesos" y que "el igualar lo masculino con machista fue la guillotina feminista en la que muchos hombres perdieron sus atributos".

En la línea del poeta Robert Bly, cuyo libro Iron John -- publicado en los Estados Unidos en 1991 -- encabezó durante varios meses la lista de los best sellers en ese país, ambos proponen, como dice Kreimer, "salir del varón 'light' o pasteurizado, encontrar el camino hasta el masculino profundo"; en otras palabras, volver a ser hombres de verdad.

Con una orientación tal vez menos ideologizada y más pragmática, grupos como S.O.S. Papá en Uruguay se conforman para luchar por "los derechos de los hombres", entre ellos la custodia de los hijos y denunciar la violencia ejercida desde las mujeres contra ellos.

Se sienten desposeídos de las viejas prerrogativas de la paternidad y les parece, como señala Leopoldo Alas en su artículo "El crepúsculo de los machos", publicado en Paraguay por la revista Enfoque de Mujer, que "al invertirse la relación de fuerzas, sobre todo en el terreno familiar, se empiezan a producir situaciones injustas y discriminatorias para el hombre".

En todo caso, unos y otros consideran -- para retomar una expresión de Carmen Tornaría -- que en las relaciones hombre-mujer no hay Caperucita ni Lobo, que ellos también han sido heridos y reprimidos por este sistema patriarcal en que vivimos y que hombres y mujeres debemos recibir el mismo trato.

Tras este discurso aparentemente humanista e igualitario, niegan el hecho que las leyes, los medios de comunicación, los gobiernos, la iglesia y la historia han estado y siguen estando de su lado y en sus manos, y que sus "reivindicaciones de igualdad", al fin y al cabo, refuerzan sus posiciones de poder y control, tanto en el ámbito público como en la familia.

A la par de esta suerte de revanchismo masculino -- más o menos sutil -- ante las conquistas de las mujeres, existe afortunadamente una corriente profeminista que apoya explícitamente las demandas de las mujeres y se compromete activamente en la lucha contra el sexismo, la homofobia y la violencia masculina.

Estos grupos reconocen el sufrimiento y los comportamientos autodestructivos por los cuales tienen que pasar los varones para acceder a la deseada virilidad. Creen en la necesidad de reflexionar juntos y apoyarse mutuamente para superar las heridas causadas por el patriarcado en sus vidas.

Pero también reconocen que en nuestras sociedades dominadas por los hombres, la experiencia del dolor viene acompañada de un mecanismo de compensación: la posibilidad de confirmar su poder y dominio sobre aquellos que no son hombres (las mujeres), aquellos que todavía no lo son o nunca lo serán (los niños y las niñas) y aquellos que no están conformes con las normas hegemónicas de la sexualidad masculina (los homosexuales).

Son ya varios los miles de hombres organizados en Canadá, Estados Unidos y Europa. También en algunos países de América Latina, algunos grupos están empezando a abrirse camino. Hace ya unos tres o cuatro años, el CIPAF -- un centro feminista dominicano -- publicó en español un extracto del libro del sociólogo canadiense Michael Kauffman -- Más allá del patriarcado --, el cual constituyó para muchas de nosotras un primer acercamiento al tema. En otros países, como es el caso de Ecuador y Perú, existen centros de mujeres que han comenzado a atender hombres violentos junto con sus parejas. En Costa Rica, se reúne regularmente, desde hace casi un año, un grupo mixto de reflexión sobre las relaciones entre los géneros.

En Nicaragua, la fundación Puntos de Encuentro para la Transformación de la Vida Cotidiana inició el año pasado un ciclo de talleres con hombres jóvenes sobre la identidad, sexualidad y violencia doméstica. En éstos se argumenta que la "esencia masculina" no existe, que se aprende a ser hombre, así como se aprende a ser mujer, y que el aprendizaje masculino en nuestras sociedades incluye el aprender a ser competitivo, violento, impositivo, macho y homofóbico. Sus participantes se proponen reconstruir este rol masculino patriarcal, reconocer las diferentes relaciones que ocupan en cada una de ellas, a veces en posición de dominio, otras veces en situación de subordinación y discriminación. Intentan aprender juntos a no caer en estériles sentimientos de culpas y actitudes de odio y/o desprecio hacia sí mismos, por ser parte del género dominante, y más bien a confrontar con firmeza en ellos mismos, en sus relaciones personales y a nivel social y político, este ciclo de violencia en el cual viven.

Lo cierto es que todas estas experiencias abren un nuevo capítulo en la definición de estrategias feministas en el continente. ¿Dejaremos que la brecha genérica entre mujeres y hombres siga creciendo o buscaremos cómo establecer nuevas alianzas para construir otras relaciones humanas sin discriminación ni opresión de ningún tipo? ¿Observaremos pasiva y críticamente, e incluso abriremos nuestras revistas y publicaciones, a estas nostálgicas búsquedas de la "esencia masculina perdida" que resultan finalmente ser tan misóginas como el machismo más tradicional? ¿O apoyaremos y divulgaremos los esfuerzos individuales y colectivos de estos hombres -- gays y heterosexuales -- comprometidos en luchas antipatriarcales, antisexistas y profeministas?

Pensémoslo bien y decidamos pronto, ¡antes de que la "cuestión masculina" se vuelva realmente otro problema femenino!