CARTA ABIERTA DE UN PADRE

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CARTA ABIERTA DE UN PADRE

Por Susana Covas

Hace dos años que me he divorciado de mi mujer, luego de un proceso de separación muy adulto, maduro y respetuoso, como nos merecíamos. Y sin la necesidad de recurrir a ningún juzgado, hemos podido solucionar civilizadamente el tema económico y decidimos de mutuo acuerdo compartir la custodia de nuestra hija y nuestro hijo.

Qué más se podía pedir, dentro de lo que cabe, a una situación dolorosa como es la disolución de un vínculo que uno había fantaseado "para toda la vida".

Pero decidido a superarlo y a comenzar una nueva vida, con unos nuevos códigos de convivencia con mi hijo y mi hija, seguro de poder disfrutarlos un poco más que antes, por ese inédito estado de "exclusividad" que me permitía estar con él y ella a solas, repitiendo o recreando formas y estilos gratificantes en nuestro vínculo, organicé mi casa e intenté hacer lo mismo con mi vida, de la manera más apropiada.

Y así me lancé con mucha ilusión a encarar una nueva etapa, con nuevos proyectos y con una sensación muy gratificante y enriquecedora, al verme capaz de asumir este nuevo desafío, tan bien pertrechado.

También sentía cierta gratitud hacia mi ex mujer, porque no me convirtió en esas víctimas del divorcio en que se convirtieron mis amigos al separarse y perder el derecho a ejercer su paternidad, por esas venganzas inexplicables que ejercen sus ex mujeres sobre ellos, sin pensar para nada en el derecho y las necesidades de sus hijos e hijas.

Todo estaba tan bien organizado...

Desayunábamos juntos, los llevaba al colegio, nos reencontrábamos al anochecer, hacían sus tareas, después de insistirles un poco se duchaban; mientras yo preparaba algo para cenar, conversábamos sobre temas del día; cenábamos mientras seguíamos charlando de cosas que mostraban sus inquietudes por distintos temas; recogíamos todo y a dormir. Claro, no sin antes leerle dos o tres cuentos a Pablo y darle el beso de las buenas noches. El mismo beso que le daba a María, aunque ella se quedaba despierta un rato más, leyendo o escuchando música.

No voy a negar que a pesar de ser para mí muy placentero, no todos los días tenía las mismas ganas de estar con ellos cuando volvía y a veces me resultaba un tanto agotador. Pero bueno, ¿no era esto parte del sacrificio de ser padre? Tantas son las gratificaciones que lo compensan...

¡Cuánto me costó entender por qué todo aquello cambió de tal modo, que se convirtió en un verdadero infierno!

Mi nueva compañera, mi madre y alguna amiga incondicional, se ofrecían para poner orden en el caos en que se había convertido mi familia, pero yo estaba empeñado en saber por qué se había llegado a ese estado, y por qué yo había transformado el placer en agobio y cansancio, y el derecho a ser padre en una obligación que me pesaba demasiado.

Detrás de esos hábitos y costumbres que tenían al principio, obviamente debía haber algún trabajo que los generó y los sostenía (y que yo desconocía), porque cuando comenzaron a no respetar ninguna norma, no hubo ningún recurso pedagógico a mi alcance (desde la amena conversación, al reto o castigo más molesto) que lograra encarrilarlos. O se enfrentaban conmigo descarnadamente, o pasaban de mí como si nada.¿Qué significaba ese estado de hipersensibilidad de María, que de pronto y sin motivo aparente, o lloraba o se enojaba o la vida le parecía un inmenso agujero negro? ¿Era correcto dejarla ir un fin de semana en tienda de campaña con sus amigos y amigas, sin ningún adulto? ¿Por qué no soportaba la presencia de Laura, que ya no sabía más qué hacer para conquistarla? ¿Por qué Laura no tenía un poco más de paciencia y dejaba de presionarme con los dichosos "tiempos y espacios" que nuestra pareja necesitaba?

Qué maldita costumbre la de María la de dejar todo para último momento, desbordarse un día antes de cada examen, requerir mi ayuda para tomarle lo que estudió, para resumirle los capítulos de un libro que no pudo leer, para contenerla a ella... Y parecía a propósito que generalmente sucediera los jueves, que era mi noche sagrada en la que cenaba con los muchachos. ¡Qué increíblemente complicadas son las mujeres! No entiendo por qué sufre tanto si se enoja con una amiga, o un profesor no la trata como ella esperaba, o el chico de turno es "un egoísta que sólo piensa en él". ¿No habrá otras maneras de resolver los conflictos que no sea sufriendo tanto y, lo que es peor, con tanta necesidad de compartirlos?

¿Cómo hago para saber qué pasa con ese grupo nuevo de chavales, que no me termina de gustar? ¿Le digo que sé que fuma? ¿Y si me pide fumar en casa? No soporto que siendo la que más tiempo físico y mental me ocupa, e intentando hacer las cosas lo mejor que puedo, siempre tenga algo que reprocharme y pocas veces esté de buen humor conmigo o podamos compartir buenos momentos.

Pablito es mucho menos complicado, es más fácil de tener bajo control, pero me agotan sus requerimientos continuos de querer jugar, pasear, leer cuentos, exigir una explicación para cada cosa y no parar hasta estar realmente convencido. Me preocupa que esté angustiado porque lo llamaron "marica" en el cole. Aunque hablamos mucho acerca de lo que es la verdadera "hombría", parece que de cualquier manera le afecta lo que los demás le digan. ¿Cómo ayudarlo? ¿Por qué en la casa de su madre hace la tarea del colegio sin problemas y se va a duchar a la hora que corresponde casi sin protestar y aquí es todo lo contrario?

Es bueno que le guste traer amigos y amigas a jugar a casa, pero quisiera poder disfrutar más de cierta tranquilidad. ¡Los varones no paran de moverse y agotan! ¿Cómo lo convenzo para que no festeje su cumpleaños justo el fin de semana que le había prometido a Laura un weekend de "al fin solos"?

Con tanta energía puesta en estas cosas, estoy realmente rindiendo menos en mi trabajo y no tengo la misma predisposición. Por suerte y por desgracia soy dueño de la empresa, no tengo a quién rendirle cuentas, pero todos dependen de mi capacidad para generar trabajo... Así me resulta muy difícil. Tampoco me quedan muchas ganas de seguir yendo al gimnasio y mis amigos comienzan a hartarse de escuchar mis quejas y preocupaciones.

Laura ya me dio un ultimátum y no deja de tener razón. Pero yo sé que después de la convivencia vendrá su deseo entendible de tener su primer hijo. Aunque yo también lo deseara, ¿cómo hacer para integrar todo el grupo familiar?

¡Basta ya! ¡No aguanto más! ¡S.O.S por favor!

Cuando cenábamos con los muchachos el jueves por la noche, hablábamos del derecho de ser padres, del placer del beso de las buenas noches, o del paseo en bicicleta, o de la charla intimista, o de acompañarlos todas la mañanas al colegio aunque eso implicara levantarnos más temprano, inclusive llevarlos al médico o al oculista o quedarnos sin dormir una noche de mucha fiebre. No entendíamos por qué en una mesa cercana un grupo de mujeres de nuestras edades, que por lo que podíamos escuchar estaban todas menos una en pareja, hablaban del peso, la responsabilidad y muchas veces del agobio que significa la maternidad.

Siempre dedicaban una parte del tiempo a hablar de cosas de sus hijos e hijas, y se las veía muy seriamente compartiendo experiencias. No sólo intercambiaban vivencias, sino que se recomendaban libros o artículos, o películas que tuvieran que ver con el tema en cuestión. Y no era ser madres lo único que les importaba en sus vidas. Cada una tenía su profesión, parecía que le dedicaban un tiempo a cultivar la amistad, hacían gimnasia, o iban al teatro o practicaban deportes. Hasta escuchamos a una que tenía un amigo muy cariñoso además de su marido.

Pensábamos realmente que las mujeres se quejan por "deporte", porque no se entendía que algo que es un derecho y un placer, lo conviertan en una responsabilidad que, aunque las gratifica por un lado, también las agobia y las cansa.

¡Ahora entiendo tantas cosas!

Educar y ayudar a crecer a los hijos e hijas, no es sólo compartir algunos momentos gratificantes y otros pocos algo tediosos. El sujeto y punto de referencia de la paternidad y maternidad, es el hijo o la hija y son ellos y ellas quienes deben gozar de ese derecho.

Los padres y las madres somos quienes tenemos la responsabilidad de ejercer ese rol que incluye gratificaciones, pero también un cúmulo de energía vital que debe estar disponible permanentemente y que muchas veces se apropia de la energía reservada para otras necesidades y eso genera cansancio y agobio.

¡Esto es lo que se necesita compartir para garantizar mayor calidad de vida personal y mejores resultados en el cumplimiento del rol!

Cuando me di cuenta que ser padre era mucho más de lo que me imaginaba y que no estaba preparado para hacerlo, recurrí a mi ex mujer para que me ayudara. Me dolió mucho su respuesta, por dura e inesperada: "La solidaridad que me pides no la has tenido nunca conmigo y te creías un padre muy presente porque te ocupabas de las cosas más gratificantes o de estar con María y Pablo cuando tú querías o cuando tú decidías que ambos te necesitaban. Nunca quisiste entender que no se les puede mirar como si fueran un espejo, porque sólo ves reflejada tu propia imagen y tus propias necesidades. Son, y te lo dije muchas veces cuando me tratabas de exagerada, como un cristal transparente a través del cual, si quieres y te tomas el trabajo continuo, podrás ver lo que realmente necesitan para crecer.

"Muchas veces te llevarás sorpresas porque sus necesidades no tienen nada que ver con lo que tú suponías y no sirve conocer a uno/a de ellos/as para saber cómo es el otro o la otra. Cubrir sus necesidades muchas veces es como resolver un acertijo porque nada está claro, ni ellos/as mismos/as saben lo que quieren y mucho menos lo que les es verdaderamente importante para crecer. Hay que ir descubriéndolo poco a poco.

"Nunca entendiste lo difícil que es tratar de no agotarse en el rol de madre/padre, y querer ser una persona con todas las necesidades y derechos, porque nunca entendiste de qué se trataba realmente esta tarea. Tú creías que lo podías todo, porque había alguien que compensaba lo que no dabas como padre y te permitía sentir que lo eras sin demasiados esfuerzos. También Pablo y María te exigían poco porque se sentían felices de tener un padre "tan cálido y presente", mientras tuvieran una madre que realmente cubriera sus necesidades. El agobio que sientes hoy formó parte de mi vida desde que los tuvimos y tuve que aprender a convivir con él sin transformarme en alguien incapaz de disfrutar de las cosas gratificantes, que también tiene la maternidad. Y tuve que sacar fuerzas de donde fuera para desarrollarme laboralmente, para seguir siendo amiga de mis amigas, para cuidar mi cuerpo, para divertirme y disfrutar de la vida. Y todo ese esfuerzo también hizo que mi hija y mi hijo no tuvieran una madre sin intereses personales, lo que les garantiza que podrán volar cuando puedan y quieran porque son dueños de sus vidas y no están a mi servicio, ni deben compensar mis frustraciones.

"Ahora pides ayuda. Eso sí me parece valioso porque significa que por fin puedes reconocer que se trata de una tarea para la que las buenas intenciones no bastan. Hay que entrenarse, aprender por ensayo y error, aprovechar las experiencias ajenas, pedir la opinión de tus amistades, leer y, sobre todo, si es posible (qué lujazo, por Dios!), compartir con el otro/a, padre o madre de tus hijos/as, de igual a igual, todas las preocupaciones, tareas, dudas, decisiones a tomar y, por qué no, alegrías.

"Lamento decirte que no puedo solidarizarme después de tanta insolidaridad.
"Te voy a ayudar por dos motivos y verás que más honesta no puedo ser: porque Pablo y María necesitan un padre de verdad y porque si no te haces cargo verdaderamente de la mitad que te corresponde, tendré que seguir siendo yo la que la compense."

No sé si me costó más procesar lo duro de la respuesta, o el comprobar que realmente ése fue el lugar que ocupé. Y lo que es peor, contrastarlo con la sensación que tenía de haber sido el mejor de los padres y haber creído que estaba en condiciones de hacerme cargo yo solo. ¡Qué omnipotencia!

Ahora el problema lo tengo con mis amigos, porque ellos están empeñados en formar una asociación de "padres separados", para reclamar el derecho a su paternidad. Los quiero estimular para formar una asociación de "padres que quieren aprender a ser padres" y me tratan de traidor a la causa masculina. Están hartos de escuchar mis argumentos, no me creen , y mucho me temo que sea porque siguen "disfrutando de la paternidad" a costa de delegar en sus madres o en sus nuevas parejas, lo más importante de la tarea. Sus hijos e hijas tienen más madres cada vez, pero siguen sin tener un padre de verdad.

Esto me deja muy solo, porque no tengo "colegas" para compartir. Ahora sí que envidio al grupo de mujeres de la mesa de al lado de los jueves por la noche, y a todas las mujeres que saben apoyarse e intercambiar experiencias, una muy valiosa manera de aprender a desarrollar un rol, que no se enseña en ninguna universidad.

Un hombre... que lamentablemente no representa a todos.


La autora, Susana Covas, ideó este material para ser utilizado en talleres tanto de mujeres como de varones o mixtos, como técnica disparadora de reflexión y debate sobre la problemática de los nuevos padres.


ALGUNOS COMENTARIOS

Un número significativo de hombres comienza a reconocer la necesidad de ser padres, no sólo "proveedores". Hablan de una paternidad no tradicional: aquélla que se limitaba al orgullo de que hijos e hijas llevaran el propio apellido, y a la satisfacción personal si por "algún motivo" resultaban exitosos/as. Dicen querer estar más con sus hijos e hijas.

No se puede negar que se trata de un avance muy valioso para ellos mismos y que tanto las/os hijas/os como las mujeres que somos madres debemos valorar en su justa medida. Pero... ¿qué elementos de la realidad concreta y estadística encontramos, que nos indiquen que por ahora esto no pasa de ser una muy buena intención o la mejor de las expresiones de deseos? Muy pocos. Y es lógico que así ocurra.

Si el tema en cuestión es la PATERNIDAD, así con mayúsculas, entendida como la responsabilidad de un rol que se va conformando y desarrollando día a día, y que requiere una energía vital constante puesta a su servicio, es lógico que no se logre de un día para otro y por el solo hecho de desearlo.

Las mujeres que estamos ocupadas en la tarea inversa, es decir de no ser sólo madres, de no agotarnos sólo en ese rol, de tratar de desarrollar otras actividades, otros roles, tener otras responsabilidades y compaginar en lo posible todo... sabemos muy bien lo duro, complicado y difícil que es, por más buenas intenciones que se tengan. Ya llevamos muchos años tratando de aprender aquello para lo que no fuimos educadas, y son muchos los sacrificios que nos cuesta lograrlo.

¿Se trata entonces de ingenuidad, soberbia o simplemente desconocimiento total de las características de la tarea que se quiere realizar?

Sea cual fuere el motivo, las consecuencias son que tanto los hijos y las hijas como sus madres sigamos esperando. Con el agravante que ahora muchos de esos hombres están convencidos de que si no tienen más a sus hijas/os, es sólo obra de una justicia tendenciosa a la hora de divorciarse. Sigue faltando una explicación clara de los motivos que justificaron que no los tuvieran más, cuando convivían con toda la familia, como siguen mudas las voces de padres no divorciados que reclamen esta necesidad.

Esto no excluye, obviamente, el escaso porcentaje de excepciones que existe, que es real y que hay que tenerlo muy en cuenta a la hora de analizar caso por caso. Pero es verdaderamente falso, insolidario con los esfuerzos de la gran mayoría de mujeres, y muy demagógico, el discurso de algunos hombres que sólo enarbolan la bandera de la paternidad en su lucha personal contra sus ex mujeres y, lo que es peor, apoyándose generalmente en sus nuevas compañeras y/o en sus propias madres, en quienes muchas veces delegan la hermosa pero ardua tarea de educar personas.

Madrid, marzo/97

Susana Covas

Coordinadora de talleres para mujeres (desde la perspectiva de género)
Tel. +341 393 09 08

 


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