¿QUÉ ES SER HOMBRE?

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¿QUÉ ES SER HOMBRE?

Por Igor Alvarado

Parto --partí-- en viaje hacia mi identidad. --¡A la trascendencia!-- dije.

Muchas imágenes me rodeaban y rodean. Imágenes, ilusiones de qué es lo que yo quería. Tanta lectura, hartura de símbolos, dioses y poderes, y notas, tan cercanos en las páginas.

Poco a poco me encuentro con esos espejos falsos. Falsos porque no los vivo, nada más. No son mi carne, son parte de mi caleidoscopio ilusorio, de mis ansias, de mis anhelos.

Y siento... Percibo fuerzas, sensaciones y plenitudes en mí. Chispazos fulgurantes de los cuales me enamoro perdidamente. --¡Ya sé qué hay!-- digo. Voy navegando hacia allá. Mi barca, mi carro, mi nave soy yo, yo mismo. Ese que debiera desarrollarse hasta más allá de la estrella de la noche.

Y me pregunto un buen día, en todo este navegar: ¿Quién soy yo? ¿Quién se desarrollará? ¿Qué es lo real en mí? ¿Qué es lo esencial mío, propiamente mío?

Cada vez que miro, filtro todo basado en lo aprendido de la sociedad, cuando pienso, cuando siento. Como una montaña sobre algo que no puedo saber si está. No lo veo, es cierto, sólo lo presiento.

Me convierto en minero y rebusco en las entrañas de esta mole de prejuicios de la literatura universal, de los consejos de mis tíos, de mi casi mito abuelo, de mis padres y profesores.

Y permanecen, cruentas, inobjetables, las preguntas: ¿Qué es ser hombre? ¿Qué es ser varón? ¿Qué me diferencia de la mujer que es mi compañera? ¿Puedo establecer algo esencial mío, aparte de mis genitales? Los roles ya no. Los roles reventaron cuando probamos la cocina, el aseo, la mantención de la casa, el trabajo, el cuidado de los niños, la producción artística, el acercamiento amoroso. Todo. Todo eso se partió en fragmentos posibles de armar nuevamente por cualquiera de los dos.

Y pende entonces la pregunta, estremecedora a estas alturas: ¿Qué me hace ser hombre? ¿Soy hombre en realidad?

Expando la pregunta a mis colegas varones, a grupos, a varones solos. Y cae como piedra en un lago tranquilo. Todo cambia. Caras pensativas, absortas en la búsqueda. Después, desilusión, dificultad.

No hay respuesta. Yo sé que soy diferente. Algo en mí sabe que hay diferencia. Tras semanas de mantener la pregunta viva, percibo un brote interno, una especie de forma de examinar el asunto.

De vistazo en vistazo me atrevo a soltar la inquietud, a relajar un poco la pelvis, los hombros. Entonces siento que no es tan importante, urgente, encontrar una respuesta para los otros.

Fuente:
Revista Uno Mismo, Vol. IV, Nº 8

 


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