El feminismo y los hombres

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El feminismo y los hombres

 

Daniel Cazés
28-08-99

La década de 1960

Durante los años sesenta de este siglo, todos los valores y las convenciones aprendidos (y que todo mundo debería aceptar) como universales, incontrovertibles y eternos, eran tema de debates ardientes y de argumentaciones en ocasiones elaboradísimas.

Nada dejaba entonces de ser cuestionado, y tanto la irreverencia como la imaginación fueron a menudo punto de partida de creatividad artística y de proyectos libertarios que se convirtieron en acciones políticas. Éstas, generadoras de grandes cambios culturales, fueron recibidas de maneras contradictorias. Hubo simpatía hacia quienes, jóvenes en su mayoría, irrumpían así en la vida de sus sociedades. Pero predominaron la arrogancia, la censura y la represión. Con ellas, el conservadurismo buscó amordazar, atemorizar, encerrar en prisiones y ahogar en sangre las voces que se abrían camino hacia el final de la centuria y del milenio. En México, esto es lo que más aparece en las reminiscencias.

Habían pasado casi veinte años desde que concluyó la llamada Segunda Guerra Mundial que desoló al mundo con la violencia, la destrucción, el exterminio y las increíbles ganancias producidas por el más lucrativo de los negocios. La democracia, se decía, había vencido al nazifascismo, y con la creación de la ONU se reconstruirían los territorios y se reorganizarían las naciones. Así, la paz abría nuevos horizontes en los cuales las potencias cuyos ejércitos habían combatido entre 1939 y 1945 ubicaron a las ganancias del consumo suntuario y la especulación financiera como paradigmas del progreso, aunque la mayoría de los habitantes del planeta apenas pudieran sobrevivir.

Pero la paz tan festejada fue una simple continuación, mejor tecnologizada, de la guerra. Los conflictos bélicos más notables fueron, al principio, Corea, y para los años sesenta, Vietnam. Mucha gente que había ido a suprimir con las armas la opresión, la injusticia y el racismo en Europa y en Japón, percibió a su regreso que en Estados Unidos nunca habían dejado de practicarse intensamente (y con fundamentación jurídica). En aquel momento veteranos y pacifistas que no deseaban participar en las guerras de tiempos de paz, se organizaron para ponerles fin; simultáneamente, los discriminados que habían ido a liberar discriminados más allá de los océanos, iniciaron un vasto movimiento para alcanzar para toda la población norteamericana el cese de la discriminación segregacionista y el ejercicio pleno de los derechos civiles. Esa fue la forma que adoptó ahí un movimiento democratizador que se estaba desarrollando en todos los confines del mundo, aunque en algunas partes de manera menos espectacular que en Norteamérica y en Europa.

Aquellas organizaciones ciudadanas alcanzaron en esos días gran auge. Sus miembros se movilizaban por doquier para someter todo a juicio y proponer que todo cambiara en el marco del pacifismo y los ideales de transformación democrática de todas las sociedades.

El feminismo

Ese fue el contexto en el que muchas mujeres consiguieron tomar también el cuestionamiento abierto en sus manos: ellas eran las ayudantes, apoyadoras y servidoras de los héroes de aquellas gestas, y cumplían infatigables y eficaces con los cuidados domésticos y las tareas oficinescas que los campeones de la paz y la justicia no asumían.

Y ellas, que eran el reposo de los guerreros de la paz y la democracia, descubrieron que -contrariamente a lo que acontecía con ellos-, trabajaban jornadas múltiples aunque oscuras y sin prestigio (la de su trabajo asalariado, la de la atención a las obligaciones hogareñas y maternas, y la de su militancia). Al ponerle nombre a las experiencias que analizaban, conformaron los primeros grupos feministas contemporáneos, caracterizados por inscribirse como parte de la construcción de la equidad en el ejercicio de todos los derechos humanos. Pronto estos grupos se fueron haciendo visibles en todo el mundo. Las mujeres comenzaron así a tomar por asalto todos los espacios de la sociedad y de la historia en los que su presencia había sido anulada, ignorada, suprimida o simplemente ocultada.

"Las mujeres son los negros de la humanidad" cantarían años después Yoko Ono y John Lennon para describir la verdadera cara de las relaciones entre hombres y mujeres. Cuando escribieron su canción y compusieron su música, ya hacía tiempo que estaba abierto el camino de la democracia genérica, la democracia de la vida de todos los días.

El activismo por los derechos humanos de las mujeres se intensificó en los sesentas, pero el feminismo contemporáneo se inició en los primeros años de la posguerra. En 1950, Eleanor Roosevelt y algunas delegadas, sobre todo de países tercermundistas, lograron que la ONU transformara el término Derechos del Hombre (adoptado en 1789), por el de Derechos Humanos y así, incluyendo a las mujeres, hiciera suya la declaración respectiva. Obviamente, el feminismo contemporáneo tiene antecedentes en acontecimientos previos como las luchas de las sufragistas en todo el mundo y las reflexiones sobre la nueva moral sexual de Alejandra Kollontai, las propuestas jurídicas de Harriett Taylor Mill a mediados del siglo 19 en Inglaterra, las exigencias encabezadas por Olympe de Goujes (guillotinada cuando intentó incorporar a la revolución francesa lo que hoy llamamos feminismo), la Vindicación de los derechos de las mujeres, también del siglo 18, formulada en Inglaterra, por Mary Wollstonecraft, y en México el reclamo de las zacatecanas para ser tratadas como ciudadanas al promulgarse la Constitución de 1824.

El segundo sexo, de Simone de Beauvoir (1949), es el libro precursor de todo lo que vendría después y hasta nuestros días. En él, por primera vez se constata que en ningún país del mundo las mujeres son tratadas igual que los hombres. "Las mujeres no nacen, llegan a serlo", concluirá la filósofa tras un recorrido por el pasado y el presente, en cuyo examen destaca la distancia que hay entre lo fijado en la anatomía humana (el sexo) y lo construido en las relaciones humanas opresivas (lo que años después se llamaría género).

En una elaboración rigurosa con evidentes orientaciones libertarias, esta autora hace suyas, de manera profundamente crítica, las perspectivas del evolucionismo, del materialismo y del psicoanálisis, fundamentos de la revolución intelectual de la que el feminismo es parte indisoluble. Al construir de Beauvoir el primer discurso filosófico sobre las mujeres desde la óptica de las mujeres, muestra las falacias del determinismo biologista para el que todo está preestablecido por la naturaleza, los instintos y la anatomía; de la misma manera, discute con el materialismo clasista que no reconoció a las mujeres como sujetos de la historia, y exhibe las limitaciones del psicoanálisis cuya base es el postulado de que lo masculino es universal, paradigmático, referente único de lo humano, mientras que lo femenino es simple expresión de la carencia de lo masculino.

Muchas otras obras fueron escritas después de El segundo sexo, mientras las mujeres de todo el mundo emprendían las más diversas acciones encaminadas a construir su propia humanidad, su autonomía, su libertad, el desarrollo pleno de sus capacidades y su ciudadanía, limitadas, restringidas o de plano negadas durante milenios de dominación masculina. Así comenzaron a escribir su propia historia: una historia de la humanidad en femenino, en la que las mujeres son protagonistas de la cotidianidad de todas las culturas y en la que hay cosas más importantes que las gestas guerreras y las maniobras políticas y diplomáticas de paladines en pugna; de una historia más apegada a la vida de la gente y menos a la exaltación de los héroes de la violencia y el patriarcado.

Este concepto es fundamental para el feminismo. Define a la organización política, ideológica y jurídica de la sociedad cuyo paradigma es el hombre (los hombres, cada hombre), que se basa en el sexismo (la opresión o los privilegios según el sexo de las personas) y se expresa cotidianamente en el machismo, la misoginia y la homofobia.

El reconocimiento de la opresión genérica (ubicación de las mujeres en posición de dependencia, subordinación, inferioridad y exclusión) es el punto de partida de la metodología multidisciplinaria, a la vez filosófica, científica y ética, que ha desarrollado el feminismo durante el último medio siglo. Los resultados de esa metodología han conformado un marco de acciones políticas de alcances a la vez generales y muy concretos. Una de sus perspectivas es la de ampliar los terrenos ya abiertos para el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres, abrir nuevos espacios, reformular los derechos vigentes y definir derechos hasta ahora no concebidos como tales.

Se trata del enunciado de un programa político de las más vastas proporciones, cuya meta es construir la equidad, la igualdad y la justicia en las relaciones entre mujeres y hombres, entre mujeres y entre hombres. Es decir, que propone y está llevando a cabo cambios sociales (destinados a transformarse en cambios jurídicos) que no tienen como mira exclusiva a las mujeres, sino una profunda transformación de las concepciones, las relaciones, las mentalidades, las prácticas, las costumbres, de todos los seres humanos.

Así pues, el feminismo se define hoy como una filosofía, una disciplina de conocimientos, una ética y una propuesta de transformación social sin precedentes en la historia.

¿Y los hombres?

Quienes han analizado la estructura y la dinámica de las relaciones de género, saben que en ellas no están involucradas sólo las mujeres, y que quienes han estudiado la condición y las situaciones de vida de ellas se han ocupado igualmente de la condición masculina y de las situaciones de vida de los hombres. Porque el género abarca todo lo referente a las relaciones sociales basadas en la diferencia sexual: relaciones de poder cuya característica esencial es el dominio masculino.

Si bien la mayoría de los textos sobre la masculinidad opresiva han sido escritos por mujeres, desde el siglo 17 se inician las contribuciones de algunos hombres. Poullain de la Barre, cura francés, se refirió entonces a la supuesta inferioridad de las mujeres como el indicador más eficaz y determinante para analizar a la sociedad (lo que, con palabras semejantes, diría también Marx doscientos años después). Los trabajos que hizo John Stuart Mill con su esposa Harriett Taylor a mediados del siglo 19, marcan otro hito en la reflexión acerca del papel de los hombres en la opresión genérica. Quizá el primero de los trabajos contemporáneos es La producción de grandes hombres.

En la revisión crítica sobre las características y las expresiones de las formas dominantes o hegemónicas de la masculinidad, se han enumerado las siguientes concepciones que conforman y reflejan la posición de los hombres en la opresión genérica:

-Los hombres y las mujeres son sustancialmente diferentes, los hombres son superiores a las mujeres, y los "hombres de verdad" lo son también a cualquier hombre que no se apegue a las normas aceptadas como ineludibles de la masculinidad dominante.

-Cualquier actividad, actitud o conducta identificada como femenina, degrada a los hombres que las asuman.

-Los hombres no deben sentir (o dado el caso, expresar) emociones que tengan la más mínima semejanza con sensibilidades o vulnerabilidades identificadas como femeninas.

-La capacidad y el deseo de dominar a los demás y de triunfar en cualquier competencia, son rasgos esenciales e ineludibles de la identidad de todos los hombres.

-La dureza es uno de los rasgos masculinos de mayor valor.

-Ser el sostén de su familia es central en la vida de cada hombre, y constituye un privilegio exclusivo de los hombres.

-La compañía masculina es preferible a la femenina, excepto en la relación sexual.

-Esta última es virtualmente la única vía masculina para acercarse a las mujeres, y permite tanto ejercer el poder como obtener placeres.

-La sexualidad de los "hombres de verdad" es un medio de demostrar la superioridad y el dominio sobre las mujeres y, al mismo tiempo, un recurso fundamental para competir con los demás hombres.

-En situaciones extremas, los hombres debemos matar a otros hombres o morir a manos de ellos, por lo que declinar hacerlo en caso necesario es cobarde y consecuentemente demuestra poca hombría y poca virilidad.

Estas concepciones fundamentan el machismo y la misoginia. Y también reflejan el profundo arraigo de las ideas básicas, tradicionales y pretendidamente incuestionables, en que cada ser humano se forma como sujeto de género (es decir, en que llega a ser mujer u hombre):

-Lo masculino es el eje central, el paradigma único, de lo humano: los hombres somos la medida de todas las cosas.

-Todos los hombres debemos ser jefes, y el orden de las relaciones sociales debe responder al imperativo de que lo seamos al menos de una manera.

-A los hombres pertenecen de manera inalienable, el protagonismo social e histórico, la organización y el mando, la inteligencia, el poder público y la violencia policiaca y castrense, las capacidades normativas, las reglas del pensamiento así como las de la enseñanza y la moral, la creatividad y el dominio, la conducción de los demás y las decisiones sobre las vidas propias y ajenas, la creación y el manejo de las instituciones, la medicina y la relación con las deidades, la definición de los ideales y de los proyectos. En una palabra, la vida pública, lo importante, lo trascendente, lo prestigioso.

De cada hombre se espera todo esto o, cuando menos, lo suficiente como para ser reconocido como hombre que no elude un imaginario destino natural o divino pero de cualquier manera ineludible. Sin olvidar que las mujeres reciben el mandato cultural de formar en la intimidad afectiva y cotidiana de los espacios domésticos y escolares hombres y mujeres patriarcales, no es necesario profundizar mucho para comprender el peso gigantesco que estas expectativas sociales y culturales hacen caer sobre los hombres, sobre cada hombre, como destino y proyecto vital irrevocable. A la realización de tales expectativas se asocian todos los privilegios imaginables para quienes somos portadores históricos de la opresión genérica. Y lo que de ello resulta es, en realidad, una enajenación que puede llegar a ser absoluta y en la que cada hombre debe renunciar a casi todas (o a todas) las gratificaciones vitales. Principalmente a las que pueden construirse al compartir con las mujeres y con otros hombres la construcción solidaria de vías hacia la equidad humana (la equivalencia de cada ser humano con todos los demás, la igualdad del valor de la vida, las ideas y las palabras de todos los seres humanos, la identidad de las posibilidades para todos y todas de adquirir los recursos para el desarrollo y el placer de la vida).

Estas últimas han sido, durante décadas si no es que durante siglos, las propuestas del feminismo, no sólo para las mujeres.

Y en las últimas dos décadas, cada vez más hombres, en todas partes, vamos comprendiéndolo con nitidez creciente. Expresión de ello son los grupos de hombres, y hombres en lo individual, que día a día contribuyen en todos los planos a los cambios en las relaciones cotidianas, privadas y públicas, consuetudinarias y jurídicas, legales y constitucionales, entre hombres y mujeres.

Actualmente se habla de hombres no sexistas y antisexistas, calificativos con los que se mide el grado de su compromiso, sobre todo al apoyar las luchas de las mujeres contra la opresión genérica. Pero, aunque aún reducido, también es creciente el número de hombres que, desde su propia condición de género y desde sus propias experiencias vitales, se comprometen además en el análisis crítico de esa condición y de esas experiencias como punto de partida de la transformación de sus cotidianidades en la vida en pareja, en la cercanía con otros hombres y con las mujeres. Los hombres que analizan colectivamente la violencia masculina y buscan formas de contrarrestarla y de combatirla en sí mismos y de compartir sus hallazgos con otros hombres, son una indicación clara de los niveles alcanzados hoy por los hombres antisexistas.

Los horizontes más amplios de las indagaciones teóricas, sociológicas, psicológicas y antropológicas, permiten vislumbrar una ética masculina de nuevo tipo y la invención de nuevas propuestas políticas que hoy se construyen.

Se trata de lo que llamo la toma de posiciones feministas de los hombres críticos y libertarios. En otras épocas pensé que el feminismo sólo pudo emanar de las experiencias de las mujeres a través de los siglos y los milenios, y que los hombres -que no conocemos en carne propia lo que provoca las posiciones libertarias de las mujeres y que además encarnamos al patriarcado y a la opresión de género- sólo podríamos ser solidarios de las mujeres en lucha de algunas maneras Pero hoy conozco con mayor profundidad los esfuerzos intelectuales y políticos, afectivos y racionales, de cada vez más hombres en lucha consigo mismo y contra el mandato cultural del que se ha demostrado la falsedad de su supuesta inmutabilidad. Así he podido evidenciar las coincidencias de muchos de nosotros con las formulaciones, las aspiraciones y las expectativas fundamentales del feminismo. Y de esa manera he llegado a la convicción de que las propuestas filosóficas y políticas de éste se han ido construyendo también con las contribuciones de muchos hombres incómodos con nuestra condición de género y con las situaciones de vida que ella genera, y dispuestos a transformarlas más allá de las declaraciones de propósitos.

Hoy, por vías paralelas y equivalentes que se acercan cada día más y en muchos aspectos confluyen en una sola, con el feminismo se construyen la equidad y la justicia que en otros tiempos fueron ideales, utópicos y materialistas, de las pensadoras y los pensadores que además de comprender a las sociedades se propusieron transformarlas. Las acciones afirmativas, con las que se hacen aquí y ahora cambios concretos, son en gran medida resultantes de un feminismo incansable del que parten muchas mujeres y algunos hombres.

Tal vez éste sea uno de los signos que desde ahora hayan de caracterizar al siglo 21, inicio de lo que se llama ya el milenio feminista.

No es corto el sendero recorrido desde los años sesenta...

Ciudad Universitaria, abril de 1998.

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Daniel Cazés

coordinateur du Laboratoire sur
l´Exploration des Masculinités (México)

Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en
Ciencias y Humanidades, Universidad Nacional Autónoma de México.

[ danielcm@servidor.unam.mx ]
28-08-99

Textes divers (espagnol)

Sumario

1- Catálogo kafkiano de atributos masculinos y otras cosas sobre la experiencia de género del escritor
2- México en dos fotos
3- Machismo, misoginia y democracia
4- Las Alzadas
5-
Civilización de la desesperanza
6-
Fe y racionalidad en la democratización de México
7-
El feminismo y los hombres
8-
La dimensión social del género: posibilidades de vida para
hombres y mujeres en el patriarcado
9- Hombres del Siglo 21: visiones y prácticas de la paternidad

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1

Catálogo kafkiano de atributos masculinos

(elaborado por Daniel Cazés)

y otras cosas sobre la experiencia de género del escritor

Franz Kafka escribió a la edad de 36 años una carta a su padre en la que hizo una de las más claras enumeraciones de atributos de la masculinidad vivos aún hoy día como elementos de identidad y normas de acción cotidiana para los hombres. Por supuesto que Kafka no se detuvo en todos los atributos masculinos, pero los que él consideró patrimonio de su padre los examinó con un rigor casi académico.

Si bien Franz Kafka hizo un retrato del "hombre de verdad" que veía en su padre Herman, lo que en realidad describió fue el "hombre de verdad" que él afirmaba que intentaba ser, el que confesaba que no podía ser porque lo detestaba y, por lo menos parcialmente, el que en realidad fue.

El miedo a su padre fue la motivación inmediata para que Franz escribiera, acosado por el temor, sobre un tema que, según él, lo rebasaba aún cuando para su padre fuera tan simple.

Estos son las cuatro docenas de atributos masculinos que enumera:

  • La capacidad de trabajar duro toda la vida sin esperar gratitud, para que los hijos puedan vivir en la abundancia.
  • El derecho a recriminar y hacer reproches a los hijos cuando éstos demuestran frialdad, toman distancia o no agradecen la educación paterna.
  • La voluntad vital, comercial y conquistadora.
  • La fuerza y la valentía.
  • La salud.
  • El apetito.
  • La superioridad mundana.
  • La laboriosidad y la perseverancia.
  • La presencia de ánimo.
  • El conocimiento de la gente.
  • Cierta magnanimidad.
  • El temperamento inclinado a la iracundia y la violencia.
  • Poca alegría.
  • Poca espontaneidad.
  • Demasiadas seriedad y severidad.
  • Ser un peligro para quien se sienta inseguro de sí mismo.
  • Ser vencedor.
  • Mostrar fortaleza y valentía con fuerza, alboroto, ira, vivacidad, salvajismo, espontaneidad y despreocupación, aún sirndo capaz de bondad y dulzura.
  • Ser proveedor y vivir atado a las tareas de este rol.
  • Ser padre ausente que sólo aparece para dejar en el hijo una impresión profunda y un estremecimiento que no mitiga ni siquiera la costumbre.
  • Imponer castigos sin relación lógica con los actos punibles.
  • Evocar la visión torturante del padre gigantesco que hace la primera enseñanza de la relación entre hombres, es última instancia de masculinidad y, al enseñar, anula al aprendiz.
  • Exhibir la seguridad del cuerpo propio para provocar inseguridad en el prójimo.
  • Obstruir el camino del educando, y alentarlo sólo si ejecuta ciertos actos tipicamente masculinos (en el ejemplo de Kafka, saludar y marchar como militar, consumir alcohol y repetir palabras y canciones obscenas).
  • Poseer ilimitada confianza en sí mismo.
  • Gobernar desde un sillón al mundo.
  • Considerar siempre que su opinión es la correcta frente a las opiniones de los demás, las que siempre ha de calificar de alocadas, excéntricas, anormales. Y al carecer de opinión, condenar todas las posibles por falsas.
  • Ser inconsecuente y seguir teniendo la razón.
  • Exaltarse ante aquéllo con lo que no se está de acuerdo y con lo que no provenga de una exposición propia, de manera que los interlocutores se vean obligados a ahogar toda réplica posible.
  • Ejercer el derecho de los tiranos basado en su persona, no en la razón, y cuyo veredicto siempre es adverso a sus súbditos.
  • Erigirse en medida y modelo de todas las cosas, y ser capaz de calificar a los demás, degradándolos, aún sin conocerlos.
  • Inflingir en los otros vergüenza y dolor.
  • Descargar golpes verbales sin compasión, como dictámenes divinos emitidos sin noción del poder propio ni de la indefensión del prójimo.
  • Mostrar y ejercer poderío y dominio en la mesa familiar, en la que ha de consumirse todo lo que se sirva, cuya calidad nadie salvo quien la preside puede emitir juicio positivo o negativo.
  • Imponer silencio sombrío interrumpido para dictar exhortaciones y mandamientos incumplibles sólo por quien los decreta.
  • Gobernar, dar órdenes y disgustarse si éstas no se cumplen.
  • Dictar leyes destinadas unicamente a sus subordinados, pero que éstos nunca puedan cumplir adecuadamente.
  • Permitir réplicas sólo cuando el interlocutor sienta temor por hacerlo y tema contravenir alguna regla suprema.
  • Monopolizar la palabra y recurrir, con aire inocente, a la injuria, la amenaza, la ironía y la mordacidad directas e indirectas, inescrupulosas, violentas, impunes y condenatorias de quienes utilizan estos mismos instrumentos de expresión.
  • Amenazar al subordinado con el fracaso.
  • Jamás estimular ni fortalecer las capacidades de los dependientes para construirse a través de las penurias que han construido al dominador; por lo tanto, impedir que nadie se atreva a descollar, y, si alguien lo hace, reprocharle su ingratitud, su extravagancia, su desobediencia, su traición y su locura, y estimular en quien lo haga su vergüenza, su debilidad y sus sentimientos de humillación y culpa.
  • Saber castigar antes de que el castigado haya delinquido.
  • Encandilarse por quienes tienen mayor jerarquía y humillar a los que la tienen inferior.
  • Mostrar aversión por todo lo desconocido y lo innovador.
  • Otorgar, magnánimo y tolerante, la libertad del prójimo (que éste obtendría de cualquier manera) cuando la regla social así lo establece.
  • Demandar publicamente el cumplimiento suficiente de convencionalismos y formalidades morales y religiosos, aunque no crea en ellos, porque le conviene expandir su observancia.
  • Actuar bonachonamente con los inferiores cuando se puede tomar distancia de las preocupaciones cotidianas del patriarca, como los autócratas que fuera de las fronteras de sus dominios carecen de la necesidad de ser tiránicos.

El hombre enfrentado a su padre

Además de hacer esta enumeración, en los mismos párrafos llenos de dolor y resentimiento Franz Kafka aseguró que nunca habría podido hacerse hombre de acuerdo con los deseos de su padre, y que por eso fue portador de los atributos poco viriles, más bien muy femeninos, que en su familia se atribuían a la estirpe de su madre (se describió a sí mismo como un hombre endeble, miedoso, vacilante, inquieto, tímido, que actuaba en secreto, que a menudo no actuaba, y que vivía necesitado de aliento y amabilidad).

Por otra parte, Franz recriminó a Herman que lo desanimara cuando deseó casarse. También le resultó insoportable que su padre enturbiara la pureza que le adjudicaba, cuando dos veces le recomendó ir con prostitutas si tan necesitado estaba de mujer.

Kafka hijo comunicó a Kafka padre que convertirse él mismo en un hombre casado sería su más elevado logro: eso los haría iguales. Pero, como hombre en conflicto, enfrentado al otro hombre que era su progenitor, Franz afirmó que para su vida sólo podía considerar ámbitos no cubiertos por su padre o que estuvieran fuera del alcance de éste: el matrimonio exigiría conjugar en él mismo todos los factores que había detectado en su padre y de los que, en su concepto, él carecía. Con tal argumentación, Franz renunció por escrito a asumir la masculinidad que su padre le mostró.

El niño de su mamá

Proximo a concluir la cuarta década de su vida, Kafka se recordó a sí mismo como un niño en desarrollo incapaz de enfrentar a un padre colosal. Y a la persistencia de esa sensación pueril atribuyó el fracaso de sus esfuerzos por convertirse en el "hombre de verdad" que debió ser según sus propias fantasías.

Quizá para hacer una síntesis de éstas, puso especial enfasis en la concerniente al matrimonio: para él, "el mundo" no estaría en la soledad, sino en el matrimonio, y todo hombre debería enfrentar al mundo desde el matrimonio para entregar su propia parte de sufrimiento. Así, en su carta expuso sus congojas por ser inacapaz de realizar lo que él definió como "entrar al mundo".

Esta exposición de Kafka podría parecer delineamiento de una transgresión de la masculinidad impuesta, cuestionamiento de principios ancestrales de una forma específica de patriarcado, o inicio de la formulación de una alternativa en las relaciones de un hombre con otros hombres y con las mujeres. Pero la misiva dirigida por Franz Kafka a su padre agrega, en aquellas cosas de las que no incluye una sola palabra, otros elementos claves para comprender otras normas profundas de la masculinidad asignada y asumida.

El larguísimo escrito dirigido a su padre jamás llegó a manos de éste. Franz Kafka tuvo buen cuidado de ponerlo en manos de su madre, fiel protectora de la tranquilidad y las satisfacciones de Herman. Veladamente, Franz reprochó en su escrito a su madre su rol de intermediaria entre Herman y sus hijos, y de cómplice incondicional de su marido. Sin duda sabía que la madre nunca permitiría que el padre tuviera los sobresaltos y disgustos que una carta así le ocasionaría, y también que leería aquel texto antes de hacer cualquier otra cosa con él.

De hecho, puso a su padre como destinatario de una carta que, él lo sabía, sólo leería su madre. Porque los hombres, a menos que se pierdan en el alcohol, no suelen hablar de sus sentimientos ni de los sufrimientos masculinos con otros hombres, menos aún con el propio padre, sino con las mujeres, de preferencia con aquéllas que pueden actuar maternalmente, sobre todo con la propia madre.

La madre de Franz Kafka fue quizá el bien más preciado del escritor y la persona de quien más cerca hubiera querido estar en un deseo frustrado por la fortaleza del único que podía realizarlo, el dueño de ella, el padre del hijo adolorido.

Kafka, funcionario cumplido y cónyuge sin compromisos

Por otra parte, Franz nunca hizo mención en aquella carta a sus propias experiencias como hombre adulto, y ni remotamente evocó su propia vida conyugal.

Los directivos de la compañía de seguros en que trabajó, sus colegas y sus subordinados lo consideraron siempre un funcionario de exelente preparación universitaria, dedicado, eficaz y ambicioso, digno brazo derecho de su jefe. Tan es así, que desde que se declaró su tuberculosis recibió largos permisos laborales con goce de sueldo, y a los 39 años pudo jubilarse y pensionarse.

En el ámbito de las obligaciones y responsabilidades financieras y de trabajo, Franz Kafka cumplía bastante bien con las exigencias que se plantean a cualquier "hombre de verdad".

En referencia a su propia vida privada, Kafka había definido alguna vez al sexo como algo pecaminoso y generador de culpas, como un castigo con el que se paga la felicidad de estar cerca de la persona amada. En el momento de redactar la epístola aquí analizada, había roto una relación que se prolongó durante cinco años con una mujer, Felice Bauer, con quien dos veces se había comprometido a contraer matrimonio. Para entonces, ya hacía un año que vivía con Julie Wohryzek. A estas dos conyugalidades, que caracteriza como noviazgos, se refirió en su carta para confrontar las argumentaciones de su padre, y para expresar sus deseos de matrimonio y el sentimiento de sus incapacidades. Pero a los veinte años se había ligado a una amiga de Felice, Grete Bloch, quien tuvo un hijo suyo. El niño murió, víctima de la miseria y casi de inanición a los siete años en Munich, lejos de Franz, quien nunca se enteró de la existencia ni de la muerte del niño.

De Julie se separó poco después, para en seguida hacerse amante de su editora y traductora Milena Jesenská-Pollak. Y más adelante se separó también de ella. Milena (quien se hizo drogadicta aparentemente y al menos en parte debido a las frustraciones de su relación con él, y por ser esposa de un judío terminó sus días en un campo de exterminio sólo unos días antes de la derrota nazi). Franz, casi inmediatamente después de alejarse de Milena, se unió con Dora Dymant, bajo cuyos cuidados murió al poco tiempo, a la edad de 41 años.

Así pues, en el ámbito íntimo y conyugal Kafka también fue un "hombre de verdad", un hombre de muchas mujeres. En cada una de ellas buscó cumplir sus propias normas de masculinidad, diferentes, similares o idénticas a las que enumeró al rechazar por escrito una herencia paterna que, incluso sin saberlo ni desearlo, ya había asumido. Porque en buena medida era irrenunciable mediante el parcial reconocimiento apasionado.

Franz Kafka habría necesitado vivir más tiempo para continuar su exploración crítica de la masculinidad aprendida, y para tal vez imaginar algunas sendas alternativas en su propia vida.

Alba de Coyoacán, julio de 1997

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2

México en dos fotos

Daniel Cazés

Daniel Cazés

Febrero 17, 1995.

Al Poder Ejecutivo lo rodean tres militares. Uno, de cuatro estrellas, sentado a su derecha, otro, de tres, a su izquierda, y uno más, sólo galoneado, de pie a sus espaldas. Son tres aspectos del Poder Castrense: el real comando operativo y administrativo, el control de su fuerza aérea y la precaución armada de todos los días en torno a la persona de quien, junto con el emblema de la nación que figura a la altura de sus rodillas escondidas por el mantel plisado de una larga mesa ceremonial, debe garantizar y simbolizar la unidad de las fuerzas y poderes aliados en el gobierno de la República.

Tres hombres de armas, cuatro hombres de poder y de dominio (el cuarto ostenta la hombría de su traje impecable, su corbata bien anudada y el gesto adusto). Encabezan una reunión que festeja a los hombres encargados de asegurar la presencia de las armas en el cielo de México, ritual de reproducción de la lealtad que se deben quienes portan los uniformes de la guerra y quien, enfundado en su uniforme de civil, es oficialmente el jefe supremo de las armas.

Los dos generales, inclinando cada uno su cabeza hacia el centro, dirigen sus ojos a la mesa, como apenados por tener que controlar el deseo de mirar lo que ve fijamente y quizá con un poco de asombro disgustado el Poder Ejecutivo, y admira su joven guardián con la mirada ávida:

El espectáculo producido por uno de los monopolios más acaudalados del mundo entero y sin duda el más influyente y poderoso en México:

Una joven mujer mariachi semidesnudada con la habilidad mercadotécnica violenta y sexista de los más exitosos empresarios de la publicidad comercial y política, de la información, el alcoholismo y la Verdad Oficial Incuestionable. Baila de cara a los señores del poder. Sus piernas, alargadas por la elevada minifalda, sirven de marco al escudo nacional a la altura de sus botas, al florero y al torso del Presidente desde las pantorrillas hasta las rodillas y, más arriba, a la cabeza muy erguida del guardia de corps, inmóvil entre la virilidad uniformada de los otros tres y el tablón en el que están desperdigados vasos, tazas, copas y un florero. Como en los prostíbulos de la Revolución Mexicana de las épocas armadas y de las institucionales, consagrados por el cine mexicano, lo que queda en la imagen del cuerpo sin tórax ni cabeza de esa cosa femenina cubre el centro de la divisa militar que señoreaba al banquete. Las caderas de la mujer-objeto, legítimamente apropiadas por los hombres de la administración pública y el ejército, parecen haber echado alas para convertirse en un botín más del dominio financiero y político que apenas dos días antes decidió ir a la guerra para enfrentar el más grave problema actual de México. Las más sabias estrategias y decisiones del gobierno tienen su recompensa sexual.

La ciudadanía de este país, toda su población, son manejados por los poderosos como se maneja a las mujeres en el espectáculo que Televisa proporcionó para el reposo de los guerreros.

Desde el día 9 de este febrero, los comunicados oficiales se suceden y se contradicen. Pero siguen un hilo conductor: alguna fuerza secreta está imponiendo que, cualquiera que sea la forma que tomen el diálogo con el México rebelde y el trato con la Comisión Nacional de Intermediación, con los miembros y con el presidente de ésta, serán el ejército y la policía judicial quienes diseñen el contexto de las soluciones. Ciertos llamados al diálogo disfrazan la voluntad de violencia y represión.

El discurso oficial y el de algunas personalidades de prestigio también oficial son, como en la camera obscura que sirve de metáfora para definir a la ideología dominante, la imagen invertida de la verdadera intención política de sus emisores. El gobierno iniciado hace dos meses y medio no logra fijar su propia imagen. Posee los medios y controla lo principal de la difusión de informaciones y del manejo de opinión. Pero nada parece permitirle hacer que su voz deje de ser difusa como la figura de sus voceros sobre el cristal muy limpio de una mesa ministerial, ni que finalmente la simbólica cabeza de la unidad de los poderosos se pare sobre sus pies.

José Núñez y Elsa Medina (La Jornada, 11 y 16 de febrero) han mostrado al México de hoy en dos fotografías magistrales. Los legisladores llamados a amnistiar a los únicos con los que el gobierno desea dialogar, harán bien en estudiar esas fotos y meditar sobre su significado. También debieran hacerlo quienes hoy se esfuerzan en anular la labor de los mediadores encabezados por Samuel Ruiz, y de los organismos civiles y demás ciudadanos que desean paz y soluciones desmilitarizadas y equidad de género.

Febrero 17, 1995.

Aunque fue entregado a tiempo, por razones técnicas este texto no pudo ser publicado en La Jornada el día que le tocaba, sábado 18.

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3

Machismo, misoginia y democracia

Daniel Cazés

 

Texto publicado en La Jornada, mayo de 1995

En la búsqueda por la democratización de las sociedades, adquieren importancia las corrientes que definen como espacio a la vida cotidiana. Las aritméticas electorales son insuficientes y muchas veces nada tienen que ver con la democracia. Tampoco basta la ampliación del acceso a bienes y servicios imprescindible para que haya posibilidades de democracia económica e igualdad social. En algunas sociedades las elecciones son incuestionables, y algunas han eliminado la pobreza.

Pero tampoco en ellas hay democracia en la relación cotidiana entre personas. De ahí los proyectos de democracia genérica, cotidiana, vital. La problemática no es de discurso, sino de la forma en que las concepciones profundas se traducen en actitudes y vivencias de cada día. Quienes más han resentido esta situación son las mujeres. Por eso, la perspectiva actual de una democracia integral, crítica, presente y perceptible en todos los ámbitos de nuestras vidas, viene de sus contribuciones.

Estas reflexiones me fueron sugeridas por un tríptico en que el PNUD anuncia su sexto Informe sobre Desarrollo Humano, la respuesta del jefe del EZLN a Alianza Cívica (AC) sobre la consulta, y las líneas del ombudsman del DF sobre la minifalda publicadas aquí.

I. El libro que la ONU dará a conocer en agosto demuestra que ninguna sociedad trata igual a sus mujeres que a sus hombres. Las disparidades se dan en todos los países. El analfabetismo mundial es en sus dos terceras partes femenino, y un 40 por ciento de las mujeres de los países en desarrollo son analfabetas. Las mujeres no son más que el 36 por ciento de la llamada población económicamente activa, reciben sólo un tercio de los ingresos nacionales, y sólo ocupan la décima parte de los parlamentos y el 5.5 por ciento de los puestos gubernamentales. Hay mil 300 millones personas en la pobreza extrema; 70 por ciento son mujeres. Casi un tercio de las mujeres han sufrido abusos sexuales en su infancia o su adolescencia, y casi la mitad de las casadas viven en la violencia doméstica.

II. Para los mayas de Chiapas, cada persona nace al mismo tiempo que su ch´ulel, animal gemelo que vive en las montañas sagradas: entre más poderoso es un hombre, más arriba vive su ch´ulel.

Marcos adoptó a un modesto escarabajo que, sin embargo, debe vivir en alguna elevada cima: porque es ch´ulel de tan encumbrado jerarca, porque ninguno filosofó con tal agudeza, y se llama Durito. Este nombre y palabras del sub como aquella referencia a la "única arma que Dios le dio", evocan al poeta Robert Bly, jefe de una banda de norteamericanos dedicados a reconstruir la masculinidad dura que ablandaron sus madres, y que van recuperar quitando a las mujeres el poder para ser guerreros, reyes, magos y amantes.

El 10 de junio, refiriéndome a la consulta nacional convocada por el EZLN, sugerí una sexta pregunta para saber si las mujeres deben tener presencia y participación igualitarias en la dirección de las organizaciones civiles, en las legislaturas y en el gobierno de municipios, estados y federación. En la carta de Marcos a AC, se propone: Una comisión organizadora de la consulta internacional (propagandista y receptora de adhesiones que conquistará buenas voluntades con su simpatía, mundanidad y relaciones), formada por seis mujeres y cuatro hombres. Luego, un comité directivo para promover la consulta nacional (en el ámbito en que la política produce mayores dividendos), cuyo número de mujeres quedó reducido a dos. Finalmente, cinco de los ocho hombres de ese comité, serán parte de un consejo general. Sin referirse a ella, la pregunta que formulé pensando en lo que han hecho las mujeres zapatistas, fue rechazada y al mismo tiempo elocuentemente respondida.

III. Luis de la Barreda Solórzano, en lo que parece una comprensiva recriminación a la mojigatería municipal de Guadalajara, intentó explicar aquí por qué la minifalda inquieta, perturba, agobia, inspira y cambia el curso de la historia. Además, el defensor de los derechos humanos de los capitalinos (quizá también de las capitalinas), nos recordó, con Nervo, que las mujeres deben agradecer al viento y a las modas del Charleston y los sesenta por permitir a los hombres el deleite de observar sus muslos. Nos recuerda el cinturón seductor de Venus, pero olvida la parte medular del mito: Afrodita-Venus no nació de varón y hembra, sino del enfrentamiento sangriento entre Cronos que, con una guadaña proporcinada por su madre Gea, cortó los órganos sexuales de su padre Urano. De ellos nació la del rostro y el cuerpo perfectos, como la retrata de la Barreda antes de recordar que bajo la minifalda, las piernas de las mujeres sirven (porque son objetos útiles) para rescatar los talles cortos (que deben ser largos), soslayar las caras vulgares (que no deben serlo), disimular los pechos tímidos (que han de ser osados): Trozos de cuerpo fetichizados para que el éxtasis masculino posea salvoconducto, y se abra la puerta de la fantasía erótica de los hombres. El mito de Venus explica, en este contexto, que las modas femeninas, la elegancia de las mujeres, han sido creación de los hombres para su propio placer.

La lucha entre dos hombres dio lugar al cuerpo femenino-cosa. Ninguno de ellos salió vencido: el informe del PNUD describe la vida actual de aquéllas que, en palabras de nuestro ombudsman, provocan la consumación del deseo inconcebible, de la pasión encendida... con minifaldas de cristal y agua diseñadas por poetas y juristas para que sus piernas (ellas solas, sin tronco y sin cabeza) canten cuando la minifalda levante a los varones la veda de la contemplación.

Estoy convencido de que el jefe de las armas chiapanecas y el responsable de la CDHDF trabajan y organizan ciudadanía para realizar los proyectos democratizadores en que coinciden muchos mexicanos y muchas mexicanas. Pero casi todas las concepciones de democracia son selectivas. Tal vez no lo seamos nosotros; y sin embargo tarde o temprano nuestro más arraigado y profundo machismo, nuestra misoginia más empedernida, pueden dejarnos ver por dónde anda nuestra democracia íntima, la que realmente concebimos y practicamos.

En la búsqueda por la democratización de las sociedades, adquieren importancia las corrientes que definen como espacio a la vida cotidiana. Las aritméticas electorales son insuficientes y muchas veces nada tienen que ver con la democracia. Tampoco basta la ampliación del acceso a bienes y servicios imprescindible para que haya posibilidades de democracia económica e igualdad social. En algunas sociedades las elecciones son incuestionables, y algunas han eliminado la pobreza.

Pero tampoco en ellas hay democracia en la relación cotidiana entre personas. De ahí los proyectos de democracia genérica, cotidiana, vital. La problemática no es de discurso, sino de la forma en que las concepciones profundas se traducen en actitudes y vivencias de cada día. Quienes más han resentido esta situación son las mujeres. Por eso, la perspectiva actual de una democracia integral, crítica, presente y perceptible en todos los ámbitos de nuestras vidas, viene de sus contribuciones.

Estas reflexiones me fueron sugeridas por un tríptico en que el PNUD anuncia su sexto Informe sobre Desarrollo Humano, la respuesta del jefe del EZLN a Alianza Cívica (AC) sobre la consulta, y las líneas del ombudsman del DF sobre la minifalda publicadas aquí.

I. El libro que la ONU dará a conocer en agosto demuestra que ninguna sociedad trata igual a sus mujeres que a sus hombres. Las disparidades se dan en todos los países. El analfabetismo mundial es en sus dos terceras partes femenino, y un 40 por ciento de las mujeres de los países en desarrollo son analfabetas. Las mujeres no son más que el 36 por ciento de la llamada población económicamente activa, reciben sólo un tercio de los ingresos nacionales, y sólo ocupan la décima parte de los parlamentos y el 5.5 por ciento de los puestos gubernamentales. Hay mil 300 millones personas en la pobreza extrema; 70 por ciento son mujeres. Casi un tercio de las mujeres han sufrido abusos sexuales en su infancia o su adolescencia, y casi la mitad de las casadas viven en la violencia doméstica.

II. Para los mayas de Chiapas, cada persona nace al mismo tiempo que su ch´ulel, animal gemelo que vive en las montañas sagradas: entre más poderoso es un hombre, más arriba vive su ch´ulel.

Marcos adoptó a un modesto escarabajo que, sin embargo, debe vivir en alguna elevada cima: porque es ch´ulel de tan encumbrado jerarca, porque ninguno filosofó con tal agudeza, y se llama Durito. Este nombre y palabras del sub como aquella referencia a la "única arma que Dios le dio", evocan al poeta Robert Bly, jefe de una banda de norteamericanos dedicados a reconstruir la masculinidad dura que ablandaron sus madres, y que van recuperar quitando a las mujeres el poder para ser guerreros, reyes, magos y amantes.

El 10 de junio, refiriéndome a la consulta nacional convocada por el EZLN, sugerí una sexta pregunta para saber si las mujeres deben tener presencia y participación igualitarias en la dirección de las organizaciones civiles, en las legislaturas y en el gobierno de municipios, estados y federación. En la carta de Marcos a AC, se propone: Una comisión organizadora de la consulta internacional (propagandista y receptora de adhesiones que conquistará buenas voluntades con su simpatía, mundanidad y relaciones), formada por seis mujeres y cuatro hombres. Luego, un comité directivo para promover la consulta nacional (en el ámbito en que la política produce mayores dividendos), cuyo número de mujeres quedó reducido a dos. Finalmente, cinco de los ocho hombres de ese comité, serán parte de un consejo general. Sin referirse a ella, la pregunta que formulé pensando en lo que han hecho las mujeres zapatistas, fue rechazada y al mismo tiempo elocuentemente respondida.

III. Luis de la Barreda Solórzano, en lo que parece una comprensiva recriminación a la mojigatería municipal de Guadalajara, intentó explicar aquí por qué la minifalda inquieta, perturba, agobia, inspira y cambia el curso de la historia. Además, el defensor de los derechos humanos de los capitalinos (quizá también de las capitalinas), nos recordó, con Nervo, que las mujeres deben agradecer al viento y a las modas del Charleston y los sesenta por permitir a los hombres el deleite de observar sus muslos. Nos recuerda el cinturón seductor de Venus, pero olvida la parte medular del mito: Afrodita-Venus no nació de varón y hembra, sino del enfrentamiento sangriento entre Cronos que, con una guadaña proporcinada por su madre Gea, cortó los órganos sexuales de su padre Urano. De ellos nació la del rostro y el cuerpo perfectos, como la retrata de la Barreda antes de recordar que bajo la minifalda, las piernas de las mujeres sirven (porque son objetos útiles) para rescatar los talles cortos (que deben ser largos), soslayar las caras vulgares (que no deben serlo), disimular los pechos tímidos (que han de ser osados): Trozos de cuerpo fetichizados para que el éxtasis masculino posea salvoconducto, y se abra la puerta de la fantasía erótica de los hombres. El mito de Venus explica, en este contexto, que las modas femeninas, la elegancia de las mujeres, han sido creación de los hombres para su propio placer.

La lucha entre dos hombres dio lugar al cuerpo femenino-cosa. Ninguno de ellos salió vencido: el informe del PNUD describe la vida actual de aquéllas que, en palabras de nuestro ombudsman, provocan la consumación del deseo inconcebible, de la pasión encendida... con minifaldas de cristal y agua diseñadas por poetas y juristas para que sus piernas (ellas solas, sin tronco y sin cabeza) canten cuando la minifalda levante a los varones la veda de la contemplación.

Estoy convencido de que el jefe de las armas chiapanecas y el responsable de la CDHDF trabajan y organizan ciudadanía para realizar los proyectos democratizadores en que coinciden muchos mexicanos y muchas mexicanas. Pero casi todas las concepciones de democracia son selectivas. Tal vez no lo seamos nosotros; y sin embargo tarde o temprano nuestro más arraigado y profundo machismo, nuestra misoginia más empedernida, pueden dejarnos ver por dónde anda nuestra democracia íntima, la que realmente concebimos y practicamos.

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4

Las Alzadas

Daniel Cazés

Texto leído en la presentación del libro del mismo nombre y publcado en Cuadernos Feministas, abril 1998.

Las transformaciones que llevaron a México al siglo XX se iniciaron con el proyecto antirreeleccionista y con la lucha por la restitución de sus tierras a las comunidades que habían sido despojadas por el liberalismo decimonónico. Pero con estos cambios sólo se modernizó al país parcialmente y , aunque lo maquillaron, no se logro acabar con el porfirismo expresado en la miseria rural generalizada y en las reglas, los usos y las costumbres de la administración pública y del control de la gente.

Los derechos humanos, la equidad, la autonomía de las comunidades y de las personas, la ciudadanía como relación social básica, la dignidad, los principios y los objetivos del texto con el que México ingresó a la última centuria de este milenio, permanecieron como añoranza de un futuro que durante ocho décadas fue incierto para la mayoría.

La realidad corporativa de la revolución hecha gobierno y el nuevo desarrollo de las fuerzas productivas, canceló los cambios previstos para 20 millones de habitantes, con la demagogia y los beneficios parciales de una población quintuplicada cuyo consenso se mantuvo mediante las migajas y la esperanza.

Al concluir la segunda década de esta centuria, la miseria agrupaba a unos quince millones de habitantes de este país; y en nuestros días los triunfos del nacionalismo mexicano envuelven a casi 20 millones que oficialmente viven en la llamada pobreza extrema, y a más o menos 40 millones de otros pobres recatados: entre tres y cuatro quintas partes de mexicanos sobreviven con menos de dos dólares diarios por persona; además, sin expectativas reales de vida larga, saludable, decorosa y gratificante. La opresión en todos sus manifestaciones liberales y neoliberales, sexistas y racistas, modernas y posmodernas, vernáculas y globales, han sido la experiencia básica de este siglo en México.

En esas condiciones, la incorporación programada de nuestro país al Primer Mundo, casi al club de los 7, no tuvo lugar. Acontecieron, en cambio, nuestra salida de la era iniciada con el zapatismo morelense y nuestro ingreso al siglo XXI, con seis años de anticipación al calendario, marcadas con el zapatismo chiapaneco. Y no es solo la entrada de México al tercer milenio cristiano, sino la puerta percibida en dimensiones de globalidad por una humanidad desesperanzada que se nutre del nuevo zapatismo, incluso en los países que inventaron la democracia y el desarrollo.

México ingresó al siglo XX con retraso calendárico hacia 1917. La primera vez que este país vislumbró la centuria que entonces se iniciaba, lo hizo con la mirada de aquella soldadera que, asomada desde la escalinata de un vagón de ferrocarril, exploraba el exterior con expresión de asombro y semblante de angustia e incertidumbre, con un aire de indefinida esperanza.

Con seis años de anticipación sobre la fecha marcada para su inauguración oficial, el siglo XXI fue percibido, por primera vez, en la visión de otra mujer, una zapatista chiapaneca, cuyos ojos se maravillan anhelantes desde la ventana tejida de su pasamontañas.

La reciente producción de escritos sobre las perspectivas del zapatismo, sobre todo de los textos que pasaron de la fugacidad del diario a la permanencia del libro, parecen dar la impresión de que no hay aspecto fundamental de los proyectos democratizadores de esta época que no haya sido enunciado a partir del alzamiento del 1o. de enero de 1994, año primero del siglo y del milenio próximos. Pero esa impresión, vaga o firme, de que ya todo lo imprescindible ha sido dicho, analizado y formulado, fue incompleta, insatisfactoria, mientras no se publicó el libro que da cuenta de la vida y las acciones de quienes se alzaron para tomar por asalto la mitas del cielo de Chiapas, tomaron su lugar en la mitad del país que les fue ajeno y del firmamento de todo el continente y de muchos lugares más allá de los océanos.

Las alzadas es, como otros libros publicados en lo que va de este primer lustro zapatista, una antología de escritos que vienen de la prensa diaria, efímera por definición, y de una prensa mensual que no pocas personas y organizaciones ciudadanas atesoran en sus bibliotecas. Pero sí las colecciones de comunicados y reflexiones dados a conocer hasta ahora describen lo que un día tal vez se nombre en los textos "la revolución del 94", la recopilación hecha por Sara Lovera y Nellys Palomo documenta, desde CIMAC, Doble Jornada y La Jornada lo que ha sido la revolución de marzo de 1993, preparada por los zapatistas desde antes y que culminó con la ley de las mujeres, emanada de la experiencia que las obligó a incorporarse a la violencia de la guerra como única vía para construirse como personas plenas.

Las alzadas incluye las palabras personalizadas de más de 20 mujeres y cuatro hombres, así como los textos producidos en reuniones y por colectivos de participación amplia. El hilo metodológico del libro lo forman los textos de Marcela Lagarde que ubica en la reflexión libertaria de género los testimonios de Matilde, Elisa, Laura, Cecilia Rodríguez y las mujeres de La Realidad; también están contenidos en el libro, las demandas de las mujeres zapatistas; los acuerdos de la catedral de San Cristóbal; la primera y la segunda leyes revolucionarias feministas del EZLN; los reportajes, artrículos y ensayos de Yolanda Castro, Cristina Orci, Lucía Lagunes, Leticia García, Georgina Rangel, Alejandra Álvarez, Pilar Contla, Shara Martínez, Silvia Marcos, Gaspar Morquecho, Matilde Pérez, el subcomandante Marcos, Hermann Bellinghausen, Elisa Benavides, Blanche Petrich, Josefina Chávez, Luz María Linares, Juan Antonio Zúñiga, Amalia Rivera, Sonia del Valle y quien esto escribe. Contiene un mensaje de la Comandanta Ramona y las reflexiones de La Correa Feminista, la declaración sobre Chiapas del III Congreso Feminista, la del grupo Rosario Castellanos, los acuerdos y el manifiesto de la Convención Nacional de Mujeres, documentos elaborados por las asesoras e invitadas del EZLN, por el Encuentro Nacional Indígena para la Autonomía, y por el Foro Nacional Indígena, las propuestas de las indígenas al Congreso Nacional Indígena, los acuerdos de cuatro mesas sobre la condición femenina, la declaración construyendo nuestra historia, y algunos otros textos.

Este incansable trabajo colectivo que sintetiza cuatro años de movilización reflexiva y crítica, sumado a la labor editorial de Sara Lovera y Nellys Palomo, no es, no podría ser la documentación completa del alzamiento hasta ahora semivisible de las mujeres de Chiapas; pero es suficiente para comprender que las búsquedas de las mujeres zapatistas es parte inseparable de la lucha de todas las mujeres y de las propuestas libertarias que nos incluyen, desde nuestra condición de género, a los hombres que contribuimos a la construcción de la equidad y de la democracia genérica, vital, cotidiana; que nos incorporamos al proceso feminista desencadenado en Chiapas en torno a la Sexta Pregunta de la Consulta Ciudadana por la Paz de agosto de 1995.

Las alzadas no cierra ningún capítulo de ninguna gesta, más bien amplia las perspectivas de nuestro siglo XXI, y, sobre todo, mantiene abierto el campo de la propuesta para la transformación democrática y la reflexión crítica ente los acontecimientos, las coyunturas y las dimensiones reales del proceso histórico en el que el libro contribuye a ubicarnos.

En el horizonte crítico dibujado por el pesimismo de la razón (que nunca ha suprimido al optimismo de la voluntad), evoco estas líneas de Marcela Lagarde que no están en las páginas de Las alzadas pero que sí nos colocan en la realidad zapatista y contemporánea. Provienen de su ensayo "Rescatemos nuestra palabra usurpada por otros discursos".

(...) "Las mujeres indígenas encuentran hoy espacios limitados de participación en los movimientos que cimbran sus pueblos, y con enormes dificultades avanzan entre su asombrada conciencia de género y su politizada identidad étnica. Ambas dimensiones son manejadas por los ideólogos indígenas como contrapuestas... Se ideologiza el orden social indígena interno como igualitario, complementario y justo, y se chantajea a las mujeres indígenas como sí su conciencia y sus reivindicaciones de género fuesen un atentado a la difícil cohesión amasada día a día y que deberá cuajar con el principio ético político de mandar obedeciendo (...)"

(...) "La democracia que queremos no está basada en la autoritaria relación de mandar y obedecer. Las feministas hemos hecho la crítica a esa forma de poder opresiva. La alternativa nuestra consiste en coparticipar y ser corresponsables del bien común en el respecto a los derechos y a la integridad de cada quien. No queremos más mandatos y mucho menos relaciones políticas de obediencia, así se trate de obediencia a la colectividad. De eso sabemos demasiado. Aspiramos al desarrollo de conciencias críticas y analíticas, a la toma fundamental de decisiones entre pares, y a la asunción de responsabilidades y compromisos sintetizados en pactos en pactos, normas y leyes respetables en libertad (...)"

(...) "Por eso, tal vez sea posible enunciar una semejanza y pactarla: las mujeres no aspiramos a ocupar con nuestros cuerpos y nuestras identidades los espacios cedidos con oportunidad de género. Las mujeres nos encontraremos para compartir experiencias y saberes, para inventar alternativas de paz y el sentido de nuestros derechos, los contenidos de la democracia, el desarrollo y las instituciones que permitan una alternativa beneficiosa para nosotras, por todo lo recorrido, porque es posible e impostergable, definamos las condiciones de nuestra participación".

Y, para concluir, yo agrego: en esos espacios también los hombres debemos encontrar nuestras propias definiciones para enfrentar el mandato cultural dominante que nos sitúa aún dentro de los marcos del sexismo misógino racista.

Coyoacán, febrero 12, 1998.

Bibliografía

Cazés, Daniel. "Las Alzadas". en Cuadernos Feministas. Año 1. Núm. 4. abril-mayo-junio 1998. p 27-29.

Lovera, Sara y Nellys Palomo (Coord.). Las alzadas. Edita: Comunicación e Información de la Mujer, A. C. (CIMAC) y Convergencia Socialista, Agrupación Política Nacional, 421 páginas. México 1998.

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5
Civilización de la desesperanza

Daniel Cazés

Tres ciudades serían los blancos de lo que para Truman fue el éxito más grande de la historia: Hiroshima, Nagasaki y Kokura. El 6 de agosto de 1945 el clima favoreció la desgracia de la primera; enseguida la URSS declaró la guerra a Japón, y con ello se adelantó dos días el ataque a la segunda (el día 9 en lugar del 11); a la tercera la salvó la rendición. Ninguna de ellas estaba en zona de intensidad bélica, y la guerra había prácticamente concluido aunque para rendirse los japoneses esperaban que Estados Unidos aceptara que su emperador no fuera depuesto.

Fue una decisión política la que transformó a esas localidades en objetivos estratégicos: Tres semanas antes había concluido el Proyecto Manhattan, iniciado en 1942 en las universidades de Columbia, Berkeley y Chicago, y que costó más de 3 mil millones de dólares. El 16 de julio se probó en el desierto de Álamo Gordo una primera bomba de plutonio 239. Los legisladores norteamericanos exigían que se justificara antes sus electores el enorme gasto, y el gobierno no halló nada mejor para ello que finalizar la guerra en el Pacífico de manera espectacular, al tiempo que se llevaba a cabo el último experimento del Proyecto (la bomba a base de uranio 235, probada en Hiroshima). Así se inició la era de la desesperanza.

La obra del arqueólogo australiano Gordon Childe permite formular un concepto de revolución que define a cada transformación radical de las formas de vida humana y de percepción de la realidad. Abarca procesos complejos que se extienden a lo largo de siglos, y no son simultáneos ni homogéneos entre todos los grupos humanos. Las revoluciones humanas son constatables sólo cuando se han consumado, es decir, cuando la humanidad tiene como perspectiva generalizada una nueva manera de vivir y de mirar a la vida y al mundo.

Hace más de dos millones de años, los más recientes ancestros de la humanidad crearon la cultura (organización social, lenguaje, producción, interpretación de su realidad) e hicieron la revolución hominizadora. Cientos de miles de años más tarde, aquellos seres tropicales se expandieron por todo el planeta y lograron sobrevivir en cualquier clima. Fue la segunda revolución humana. Hace no más de doce milenios, el descubrimiento de que la recolección y la cacería trashumantes podían transformarse en agricultura y ganadería sedentarias, conformaron las nuevas perspectivas revolucionarias de la humanidad. La especialización se incorporó entonces a la vivencia humana de todos los días, y la división genérica de la humanidad y los más diversos tipos de opresión pasaron a estructurar las relaciones sociales.

Leakey, paleontólogo kenyano, piensa que la guerra surgió cuando la acumulación de riquezas agropecuarias concitó la rapiña de cazadores que convirtieron sus instrumentos en armas y obligaron a sus víctimas a fortificarse y a aprender también la guerra. Desde entonces, ésta jamás abandonó a la humanidad, y fue parte de la siguiente revolución en que la humanidad pudo dejar de depender de la tierra e inventar la creatividad industrial, fundamentada en aplicaciones cada vez más sorprendentes de los métodos de la ciencia. Esta revolución puede remontarse en occidente a la Grecia clásica y tan sólo percibirse plenamente en el siglo que está por concluir.

Pero a pesar de que ha habido generaciones enteras que han ignorado lo que es vivir en paz, hasta hace medio siglo la guerra nunca fue considerada como mucho más que una desgracia pasajera, destinada a terminar, incluso a desaparecer. El florecimiento de las ciencias y de la tecnología inspiró desde el medioevo el optimismo de variadas utopías aun entre las víctimas del saqueo y la conquista, porque nada impedía imaginar una posteridad dispuesta a recibir el legado de todos. Pero hace medio siglo, cumplido esta semana, se superó cualquier profecía apocalíptica y perdió solidez toda imaginería fundada en futuros promisorios. Hace 50 años vivimos, sin duda alguna, en el mundo de la más reciente revolución humana: la civilización de la desesperanza.

Algunos de los signos de su surgimiento son particularmente elocuentes: un soldado, apodado el semental, comandó la primera misión atómica en un avión al que puso el nombre de su madre, y las bombas de Hiroshima y Nagasaki recibieron como claves de identificación el niñito y el gordo, en claras referencias fálicas. Este anecdótico machismo castrense no sólo es marco del acontecimiento catastrófico con que se identifica el ingreso a la nueva era, sino también una de las síntesis de lo creado por los fascismos de derecha y de izquierda a medida que sistematizaron con eficiencia fabril el exterminio masivo de la gente. Esta revolución de la desesperanza humana, culminación del espíritu empresarial de lucro, se consolidó cuando la conciencia y el inconsciente de las generaciones de la posguerra quedaron dominadas por la imagen del hongo atómico y la certeza de que en cualquier momento puede desencadenarse la guerra nuclear que será el fin de la humanidad y del planeta. Por ello no es sorprendente que las inclinaciones lúdicas (espacio educativo, culturizador por excelencia) tengan hoy como directiva orientadora predominante ciertas emisiones televisivas y los juegos electrónicos.

La era de la desesperanza parece tener uno de sus fundamentos en el arrobamiento masivo y generalizado ante la fantasía instantánea de un 6 y 9 de agosto cotidianos, banales, que cada quien puede manejar a su gusto frente a una pantalla de televisión o a un monitor de computadora personal.

Las formas predominantes de la vida humana cotidiana de hoy han permitido la interpretación globalizada de la realidad universal en unos cuantos esquemas de apreciación racional y afectiva que, transmitidos por ondas hertzianas y a través de satélites e internet, estructuran en nuestros ámbitos domésticos a todas las generaciones humanas vivientes, bajo la oscuridad y en el silencio o la algarabía de los núcleos íntimos.

Las utopías, sin embargo, no han dejado de ser imaginadas. Incluso se pretende realizar algunas de ellas con las armas en la mano. Y un número creciente de seres humanos, obstinados siempre en el optimismo y la alegría de vivir, crea topías destinadas a alimentar una nueva revolución humana con la esperanza de abrir una era de paz y solidaridad..

 


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