EL JUICIO DE DIOS SOBRE LA HETEROSEXUALIDAD Y LA CLEMENTE RESPUESTA DE LA IGLESIA

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EL JUICIO DE DIOS SOBRE LA HETEROSEXUALIDAD Y LA CLEMENTE RESPUESTA DE LA IGLESIA

 

Por Tobias S. Haller
Traducción: Laura E. Asturias


[Advertencia: Lo siguiente es un trabajo de ironía. Al autor le interesa, en particular, que quienes lo lean no le atribuyan ninguna de las opiniones aquí vertidas. Aunque él concuerda con algunas de las premisas y conclusiones del texto, muchas, si no la mayoría, están lejos de ser congruentes con sus propias actitudes u opiniones. El autor, sin embargo, siente que lo que sigue no es más selectivo en su uso de las Escrituras, casual en su lógica, condescendiente en su actitud y erróneo en sus conclusiones -- ni menos culpable de afirmar nociones como si fuesen verdades evidentes -- que los similares e incontables ensayos que han sido elaborados por comités, congregaciones, clérigos y teólogos de numerosas facciones esparcidas de la iglesia de Cristo.]


Introducción

La iglesia enfrenta hoy en día un problema pastoral de cierta gravedad.

Se evidencia cada vez más que muchos heterosexuales se consideran ahora fieles miembros de la iglesia, a la vez que cometen actos que están muy reñidos con su solemne enseñanza. El problema no es nada nuevo; las evidencias en las Escrituras, así como la firme tradición de la iglesia, dan fe de la naturaleza recurrente de esta trágica descontinuación. El asunto apenas llegó a la atención de la iglesia en años recientes debido a los esfuerzos de heterosexuales que buscan justificar su conducta.

Orígenes en la Creación

La incapacidad de los heterosexuales para formar relaciones perdurables y estables ha sido notoria desde hace mucho tiempo. Un análisis del material bíblico da fe de esta incapacidad y ofrece una explicación de su origen en el juicio de Dios sobre Adán y Eva. Este juicio brinda un clímax al relato de la creación en Génesis (3.16) y podría, por tanto, considerarse como testimonio del plan de Dios para la humanidad. Este pasaje explica la trágica incapacidad de los heterosexuales para trabajar juntos como iguales: a la mujer se le maldice colocándola bajo el domino del hombre, en lugar de coexistir con él como la pareja igualitaria requerida para una relación sana y afirmadora de la vida.

Este orden o jerarquía -- una verdadera "guerra civil de los sexos" -- fomenta una incapacidad para la mutualidad que torna virtualmente imposibles las relaciones heterosexuales estables.

El resto del material bíblico presenta la infortunada consecuencia de esta incapacidad constitucional. Aun el patriarca Abraham, quien en todos los demás respectos fue un modelo de fidelidad, estaba dispuesto a negar a su esposa y ofrecerla como concubina potencial (Génesis 12.13).

Una abrumadora mayoría de relaciones heterosexuales presentadas en las Escrituras está desprovista de cualquier semblanza de cuidado, de afecto humano, de mutualidad o preocupación. Pocas de las relaciones heterosexuales que sí demuestran un grado de compromiso personal (por ejemplo, Elkanah y Hannah) son monógamas. Es difícil encontrar, en todas las Escrituras, apenas un puñado de relaciones heterosexuales fieles, amorosas, perdurables y monógamas.

Debemos recordar, sin embargo, que el poder de Dios se perfecciona en la debilidad. El pueblo de Israel se apartó una y otra vez del verdadero camino y, no obstante, fue capaz de arrepentirse y redimirse. Asítambién, Dios es paciente con heterosexuales descarrilados que se arrepientan de su pecaminosa conducta y regresen a Dios. Esta analogía entre el comportamiento corporativo de Israel y la conducta personal de los heterosexuales se vincula a lo largo de las Escrituras: el adulterio y la prostitución heterosexuales son "tipos" de idolatría para el pueblo de Israel en toda la literatura profética y poética, tanto así que a veces es difícil determinar si los actos bajo condena son de naturaleza cúltica o sexual. La condena de la actividad heterosexual (real o figurativa) casi siempre se acompaña de un llamado al arrepentimiento y el ofrecimiento de perdón divino. Un notable ejemplo de ello, en el Nuevo Testamento, aparece en el perdón de Jesús a la mujer sorprendida en adulterio. Cristo la perdona, pero le aclara que considera su conducta como un "pecado". (Nótese, además, que éste es uno de los pocos momentos en el Evangelio en que Jesús directa y específicamente denomina una conducta como "pecado".)

Enfermedades y otras consecuencias de los actos heterosexuales

Es preciso, para la iglesia, evitar sugerir que la elevada frecuencia de mortalidad infantil, la muerte de mujeres durante el parto (que hasta la introducción de procedimientos antisépticos fue común en todo el mundo) y las enfermedades de transmisión sexual representan, de alguna forma, el castigo de Dios a los heterosexuales por su conducta pecaminosa.

Todos los seres humanos comparten una mortalidad común, caen presa de enfermedades de uno u otro tipo a lo largo de sus vidas, y finalmente mueren. Toda enfermedad y muerte puede, por tanto, ser vista como una trágica consecuencia del Pecado Original y no como el resultado de los pecados particulares de cualquier individuo.

Sin embargo, seríamos negligentes en nuestra tarea si no notáramos las evidencias bíblicas en esta materia. El trabajo de parto es singularizado por Dios como un medio para castigar a la mujer por haber provocado la caída del hombre (Génesis 3.16). Este juicio es parcialmente diferido en la literatura deuteropaulina, donde se promete que la mujer creyente será "salvada por el parto". Es importante notar que la promesa no consiste en que la mujer será "salvada por medio del parto" sino que "se salvará si cumple sus deberes como madre, y si con buen juicio se mantiene en la fe, el amor y la santidad"; es decir, la fe conservará a la mujer a lo largo de esta difícil prueba, sirviendo como contrapeso a la infidelidad original de Eva (1 Timoteo 2.12-15).

También debe reconocerse que por lo menos un caso de mortalidad infantil está explícitamente relacionado con el pecado heterosexual: la muerte de un hijo nacido de la relación entre David y la esposa de Urías el hitita (2 Samuel 12.14).

Adicionalmente, sería irresponsable de parte de la iglesia no advertir a los heterosexuales acerca de las horrendas consecuencias médicas que sus conductas podrían ocasionar. Cuando las condiciones médicas (fiebre infantil, enfermedades de transmisión sexual, embarazos ectópicos, etc.) pueden tan clara y directamente asociarse con un tipo de conducta, la iglesia está obligada a brindar por lo menos advertencias y consejería.

Relevancia del material bíblico

Hoy en día, muchas personas podrían argumentar que los preceptos acerca del contacto heterosexual en la Ley de Moisés ya no son relevantes a la discusión sobre la heterosexualidad. Se debe hacer notar, sin embargo, la general afrenta ritual asociada a los actos heterosexuales. Todo acto heterosexual ensucia a ambas personas en cualquier momento, debido a la emisión de semen (Levíticos 15.18) y las convierte en abominables en otras ocasiones, a causa del contacto con sangre menstrual (Levíticos 15.24; 20.18). La continua condena sobre esto último en la literatura profética (Ezequiel 18.5-13; 22.10) y en la tradición inicial de la iglesia ameritan nuestra cautela al querer descartar el material mosaico como simple "bagaje cultural".

 

Conducta versus condición heterosexual

Algunas personas argumentan que, si bien la conducta heterosexual es pecaminosa, la condición heterosexual no lo es y que un heterosexual casto es capaz de tener una vida normal, plena y feliz dentro del marco moral determinado por la iglesia.

Aunque ésta es, en gran medida, una comprensión exacta, la iglesia debe también advertir acerca de los peligros del pecado "pensado pero no actuado". Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento advierten acerca de la naturaleza seria e insidiosa de tal pecado. El Décimo Mandamiento (Éxodo 20.17) claramente coloca el acto mental de desear a la mujer del vecino en el mismo universo moral que el adulterio flagrante. Jesús repite y enfatiza esta conexión en el Sermón de la Montaña (Mateo 5.28). Dada esta evidencia bíblica, es difícil ver que la inclinación heterosexual sea en cualquier forma menos culpable que la acción heterosexual, a menos que sea involuntaria e inmediatamente rechazada por el ejercicio de la voluntad y del juicio moral. Tal comprensión debe, por tanto, sentenciar como pecaminoso todo el material pornográfico o semi-pornográfico tan ampliamente disponible en nuestra sociedad. (Lo último incluye una buena parte de la publicidad que parece, a simple vista, estar completamente desligada de la heterosexualidad, pero que utiliza un subtexto heterosexual para comercializar un producto.)

La iglesia debe dejarse informar, si no orientar, por los descubrimientos de la ciencia en esta materia. Sin embargo, la comunidad científica no está aún en completo acuerdo acerca de la etiología de la heterosexualidad o del tratamiento de sus más notorias manifestaciones. A pesar de la intensidad de la inclinación heterosexual, el ejercicio de la voluntad y del juicio moral pueden ayudar a todos, excepto al heterosexual más clínicamente inestable, a no cometer actos juzgados como inmorales por la iglesia. Sin embargo, no puede haber duda sobre la posición que la iglesia debe asumir al tratar con heterosexuales impenitentes y declarados que no sólo cometen dichos actos sino que llegan al colmo de jactarse del número de sus encuentros sexuales (muchos de éstos logrados a través de contactos en sórdidas instituciones tales como los bares para personas solteras).

 

El matrimonio de los heterosexuales

Dadas las estadísticas sobre infidelidad, divorcio, aborto, violación y abuso de esposas, hijos e hijas por heterosexuales, parecería que pocos heterosexuales tienen capacidad para la entrega fundamental y mutua requerida para mantener una relación vitalicia y comprometida. De nuevo, el material bíblico sobre esta materia es contundente. Cuando Jesús dijo a sus discípulos que el único ejercicio permitido de conducta heterosexual era dentro del contexto de un matrimonio vitalicio, fiel y monógamo, sus discípulos exclamaron que ello era imposible. Jesús entonces reafirmó que, aunque no imposible, se trataba de un don sobrenatural que se podía esperar que sólo algunos cuantos aceptaran (Mateo 19.10-11).

El material paulino no prohibe el matrimonio, pero ciertamente tampoco lo estimula. La opción preferida por Pablo es la abstinencia. Pablo pasó una buena parte de su ministerio tratando las debilidades de los heterosexuales en la iglesia temprana, aconsejándoles que, de ser posible, evitaran entrar en matrimonios que él sabía que pocos serían capaces de mantener y, sin embargo, permitiéndolo para quienes eran incapaces de controlarse (1 Corintios 7). A la vez, Pablo desaconseja toda actividad heterosexual fuera del matrimonio. Claramente, esto crea un dilema pastoral para la iglesia, y una oportunidad para ejercer el perdón sobre quienes son incapaces --por mera debilidad constitucional-- de alcanzar las más altas normas de la conducta cristiana.

 

La ordenación de heterosexuales

La cuestión de la ordenación de heterosexuales activos no es nueva. Aunque aparentemente algunos apóstoles estaban casados (Marcos 1.30), Pablo claramente considera este asunto con evidente condescendencia (1 Corintios 9.5). El material deuteropaulino cede levemente y permite a los obispos casarse "una sola vez" (1 Timoteo 3.2). Sin embargo, la iglesia católica, sabiamente, determinó ya en los primeros siglos de su vida institucional que los obispos (y en Occidente, todo el clero) debían permanentemente abstenerse de cualquier actividad heterosexual.

Desde la Reforma, algunas iglesias han decidido permitir nuevamente que los heterosexuales declarados, abiertos y activos funjan como ministros, a veces con desastrosas consecuencias, conforme la tendencia natural a la infidelidad y la inestabilidad evidenciada por tantos heterosexuales surge en formas social y moralmente inapropiadas.

 

La agenda heterosexual

Aun considerando el llamado de la iglesia al perdón y la comprensión, sería inapropiado que ésta apoyara la llamada "agenda heterosexual" en el terreno secular. La iglesia fue, hasta cierto punto, tomada por sorpresa cuando el grupo heterosexual de especial interés logró su mayor victoria: la liberalización de las leyes sobre el divorcio en la mayoría de los estados. Similarmente, se puede encontrar heterosexuales que se esfuerzan por despenalizar aquellos actos heterosexuales aún prohibidos por las leyes en muchos estados; por reducir la edad de consentimiento para la actividad sexual entre personas del sexo opuesto; y por legalizar la prostitución y la distribución de pornografía.

La iglesia no sólo es competente para perdonar el error moral involucrado en tales actos, sino también capaz de apelar, ante el estado, por misericordia y alguna consideración hacia la condición resquebrajada del ofensor heterosexual. La iglesia debería buscar el modelo de su conducta en Cristo, quien, a la vez de reconocer la pecaminosidad de la mujer sorprendida en adulterio, ordenó a la multitud aplicar el justo castigo que ella merecía. Sin embargo, sería impropio para la iglesia perseguir prevenir completamente el ejercicio de la ley secular, que podría servir, si no como correctivo, al menos como advertencia sobre las consecuencias de la inmoralidad.

Conclusión

Al final, debemos afirmar que los heterosexuales, a pesar de la pecaminosidad de su comportamiento, son hijos de Dios y merecedores de nuestro amor y cuidado pastoral. Deben ser conmiserados y no censurados. Bajo el cuidado y los consejos pastorales de la iglesia, podrían alcanzar esa "plena estatura de hombría madura en Cristo", prometida a todos los fieles creyentes.

Promulgado por la Sagrada Congregación por la Defensa de Lo Que Yo Digo Es Cierto Porque Yo Lo Digo

 


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