SEXUALIDAD MASCULINA 

EL DESEO ESCINDIDO

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SEXUALIDAD MASCULINA, EL DESEO ESCINDIDO

Por Ivonne Szasz
Profesora de El Colegio de México

Hasta antes de los años ochenta, en los que se inició el desarrollo de los estudios de género, el pensamiento feminista definía la sexualidad masculina como agresiva, codificadora de las mujeres, dominadora y opresiva, considerando a las mujeres como víctimas y objetos de esta sexualidad masculina. Destacaba la presencia de un doble estándar de moral sexual, que estimula en los varones la actividad, la diversidad de parejas y de experiencias y la expresión pública de su iniciativa sexual, mientras exige a las mujeres la conducta contraria.1

El desarrollo de los estudios de género, y en particular de los estudios de masculinidad, ha permitido pensar que existe una permanente tensión y confusión en los varones entre sus deseos sexuales y los operativos de dominación, que generan fantasías y formas de conducta opresivas para las mujeres.1

Aunque las definiciones de masculinidad cambian constantemente de una cultura a otra, en el tiempo y según clases, razas, etnias, preferencias sexuales y etapas en la trayectoria de vida, los hombres de diversas culturas tienen en común la necesidad de demostrar permanentemente su virilidad.2 De esta manera, lo que una cultura define como el comportamiento sexual apropiado para los varones requiere ser usado para demostrar su virilidad, independientemente de sus deseos y preferencias, en una permanente tensión entre el deseo de placer y el de poder.

 

Imagen, conquista y rendimiento sexual

Seidler se refiere a tensiones entre los deseos de los varones y la construcción occidental de la masculinidad, que se expresan en su sexualidad. Junto con la noción de la sexualidad, como una "necesidad irresistible", que es expresión de la "naturaleza animal" de los humanos, la modernidad occidental protestante proclama el dualismo cartesiano entre mente y cuerpo e identifica la masculinidad con la racionalidad, situando al cuerpo como una entidad separada, que necesita ser controlada por la mente, entrenada y disciplinada.3

Al mismo tiempo, los varones insertos en esta masculinidad dominante crecen con la idea de la sexualidad en términos de conquista y rendimiento, como una manera de probar su masculinidad frente a los pares, y no en relación con sus deseos y emociones. De esta manera, los varones se sienten acosados por el temor a la intimidad y el temor al rechazo y tienden a separar la sexualidad del contacto y las emociones.3

El aprendizaje del autocontrol racional de sus emociones y sentimientos, aparece como necesario para alcanzar la autonomía e independencia que requiere el ser masculino. Puesto que la razón se sitúa en oposición a la naturaleza, y la sexualidad se piensa como parte de esa naturaleza, la superioridad masculina se construye controlando la propia sexualidad. En esta construcción de la masculinidad, las mujeres son identificadas con lo irracional --las emociones, la sexualidad, la naturaleza-- pero al mismo tiempo se niega la autonomía de sus propios deseos sexuales. Son objeto del deseo masculino, provocadoras de su descontrol, responsables de la excitación masculina.3

Para demostrarse a sí mismos y a sus iguales que son hombres, los varones usan el lenguaje para defender su imagen y no para expresar sus necesidades emocionales, de esta manera, les resulta difícil conciliar la manera de comportarse con otros varones y la forma de relacionarse íntimamente con una mujer. Sienten que hablar de sexo es la manera más segura de matar sus sentimientos, están poco dispuestos a hablar de sus necesidades y vulnerabilidades. La ruptura entre sexo e intimidad, y la relación externa y posesiva de la mente con el propio cuerpo, convierte al sexo en un asunto de rendimiento. La inestabilidad de la identidad masculina, la necesidad permanente de demostrar y afirmar que se es hombre, genera una presión interna hacia las relaciones sexuales --independientemente de un reconocimiento íntimo de deseos-- y transforma el rendimiento sexual en una meta, un medio para demostrar y afirmar masculinidades.3

 

Deseo y poder

Horowitz y Kaufman proponen que la sexualidad masculina debe ser interpretada en el contexto de una sociedad clasista que reprime la polisexualidad y sobrepone la masculinidad y la feminidad al dualismo actividad/pasividad. Refiriéndose a las sociedades capitalistas, proponen que independientemente de las diferencias culturales, de clase, étnicas y generacionales, la mayoría de los hombres, en estas sociedades, tienen sentimientos confusos respecto de su sexualidad, sintiéndose atrapados entre sus deseos sexuales y las necesidades de afirmación de la masculinidad, que encierran fantasías y formas de conducta agresivas y posesivas.1

Apoyándose en el constructivismo social y el psicoanálisis, estos autores señalan a la sexualidad como un sistema socialmente construido de conflicto y tensión interna. Una de las principales tensiones presentes en la sexualidad masculina es la imposibilidad de abrigar simultáneamente deseos activos y pasivos sin que esto genere conflicto y temor. Los autores sitúan esos temores en sociedades que atribuyen un valor simbólico de actividad y poder a los genitales masculinos.

Independientemente de las relaciones entre las personas, es el conjunto de instituciones, de normas sobre la familia y el parentesco, es toda una cultura lo que enseña que ser hombre equivale a ser activo, agresivo, extrovertido, ambicioso, independiente. Oposiciones binarias tales como sujeto/objeto, actividad/pasividad, y nociones de causa y efecto se sitúan en la estructura básica de las lenguas indoeuropeas de las sociedades modernas. En ellas, la construcción social de la sexualidad reprime y suprime una amplia gama de placeres sexuales en la medida que se interiorizan las divisiones básicas de esa sociedad: masculino versus femenino, activo versus pasivo, sujeto versus objeto, normal versus anormal, clases dominantes versus clases dominadas, humano versus naturaleza.1,4

Una de esas superposiciones consiste en el proceso de codificación sexual, o reducción de las mujeres a sus cuerpos como objetos del deseo sexual masculino, así como la concentración de lo sexual en ciertas partes del cuerpo y la reducción del cuerpo de las mujeres a una de dos "funciones" posibles: reproductiva o erótica.1

Mediante este proceso, la polisexualidad se reduce a la heterosexualidad como norma y a la sexualidad genital. La masculinidad-agresión y la feminidad-pasividad se sobreponen a la división natural de los sexos. Para ser hombre se requiere dominar a la naturaleza (la sexualidad), a las mujeres y a la pasividad. Junto con la represión de la polisexualidad y la tendencia inconsciente a que el cuerpo y partes del cuerpo representen a la persona objeto del deseo, fragmentando a esa persona en partes y procesos componentes, se agrega la definición social de las mujeres en relación con ciertos atributos físicos, que son objeto de deseo sexual.1

 

Afirmación masculina, búsqueda incesante

Otra supresión consiste en la represión de la pasividad en los hombres, que conlleva la represión de la ternura y la receptividad masculina, así como la represión de la actividad sexual en las mujeres. "La estructura de la masculinidad es inseparable de una feminidad proyectada, adorada, despreciada y temida que existe como su opuesto.1 " La masculinidad, como objeto escurridizo e inalcanzable, se confirma teniendo como reflejo opuesto a una feminidad dominada. Y la confirmación de la masculinidad, en una sociedad basada en el género, confirma la hombría.1

El comportamiento sexual activo frente a mujeres sexualmente pasivas, así como una atracción intensa y permanente hacia las mujeres, confirman esa hombría. El varón requiere apropiarse del cuerpo de la mujer y también de su deseo y actividad. La búsqueda sexual no es solamente una búsqueda de placer, sino un intento de colmar ansiedades, de aumentar la autoestima, de confirmar la masculinidad.1

Referencias

1. Horowitz, G. y Kaufman, M. 1989. "Sexualidad masculina: hacia una teoría de liberación". En: Kaufman, M. Hombres: placer, poder y cambio. CIDAF. Rep. Dominicana.

2. Kimmel, M. 1992. La producción teórica sobre la masculinidad: nuevos aportes. ISIS Internacional. Santiago de Chile. Ediciones de las mujeres. Núm. 17.

3. Seidler, V. 1995. Los hombres heterosexuales y su vida emocional. México. Debate feminista. Año 6, Vol. 11 (abril).

4. Lamas, M. 1994. "Sexualidad y género: la voluntad de saber feminista". Ponencia presentada en el taller "La sexualidad en las ciencias". El Colegio de México.


Fuente: Letra S, 5 de diciembre de 1996

 


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