¿DE QUÉ COMPROMISO HABLAMOS?

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¿DE QUÉ COMPROMISO HABLAMOS?

Por Sergio Sinay

La visión masculina de un tema sobre el que las mujeres tienen sus ideas fijas: "ellos no se comprometen en la relación".

Desde pequeños, a los hombres nos han enseñado a manejarnos solos, a no pedir, a confirmar una y otra vez nuestra identidad con distintas mujeres, a buscar nuevos horizontes, a mantener a resguardo (incluso de nosotros mismos) los sentimientos. Mensajes maternos --no sólo paternos-- nos reforzaron esas creencias.

"Si los hombres poseemos una emocionalidad pobre y somos violentos, no es sólo porque nos identifiquemos con nuestro padre. Mi madre me empujó a llegar a ser como mi padre, aunque este no era para ella un verdadero compañero en el amor". Esto dice el psicoterapeuta alemán Wilfriedm Wieck, quien trabaja con grupos de hombres que buscan abandonar sus concepciones machistas, en el libro Los hombres se dejan querer. Y agrega: "La verdad es que el hombre padece una adicción a la mujer. Esa primera adicción de su vida tiene su origen en la edad en la que aún no es capaz de pensar ni de hablar. De ahí sus esfuerzos por liberarse de ella". Es decir, liberarse de esa concepción femenina de lo emocional, que fue lo primero que recibió gracias a la ausencia del padre, dedicado a proveer mientras la madre se hacía propietaria de la formación del hijo.

¿Cómo liberarse, cómo encontrar el propio registro de lo afectivo? A algunos hombres les lleva la vida. "Los libros y las discusiones transforman bien poco la realidad --apunta Wieck--. Todo hombre se verá obligado a trabajar en su persona durante toda su vida. La inmaculada comprensión sola no produce efecto alguno (...) Será necesario, ante todo, que los hombres se conozcan a sí mismos".

Aunque no comparto otras ideas de Wieck --porque las encuentro demasiado culposas ante la mujer--, adhiero con fuerza a las que acabo de citar. Y desde ahí pregunto: ¿Para qué no hay hombres? ¿De qué se escapan los hombres? ¿Qué se entiende por compromiso cuando se habla de "incapacidad de comprometerse"?

Las mujeres tienen una concepción del compromiso. Nace, en parte, de sus propias creencias, esas que les fueron inducidas durante su formación. Generalmente subyace en ellas la idea de que un hombre debe ser el hombre. La maternidad no puede esperar más allá de cierta edad, en el caso de que no hayan tenido hijos. Y son más sensibles a los cambios físicos que, frecuentemente, viven como un deterioro. Esta es la cara oscura de un hecho positivo, como el de estar atentas a su cuerpo. Así, pues, estos factores contribuyen a que su noción del compromiso sea más perentoria y excluyente. En apariencia tienen menos que averiguar acerca de sus propios sentimientos, ya que no les hicieron ocultarlos desde el principio.

Frente a esto los varones, está dicho y demostrado, tenemos un menor registro de nuestra esfera afectiva y sentimental. Esto se combina con un estilo de comunicarnos en el cual los hechos suelen prevalecer sobre las palabras, las promesas, los juramentos. Y el resultado de la combinación de ambas características es que muy a menudo las mujeres exigen lo que ellas entienden por compromiso mientras los varones sentimos que no se nos reconoce lo que hacemos para demostrarnos comprometidos. El paso siguiente es que ellas se sienten decepcionadas, se dicen que una vez más han sucumbido ante el hombre equivocado y se deprimen. Al mismo tiempo, los hombres nos manifestamos agobiados por la sensación de que, finalmente, no sabemos qué más se espera de nosotros y ante el temor de una exigencia mayor, nos alejamos.

Lo que suele perderse en medio de estas idas y venidas es que los hombres y las mujeres somos diferentes, que son distintas nuestras maneras de expresarnos, de actuar, de sentir, de hablar, y que difieren nuestras percepciones interiores. Cuando se dice la palabra compromiso no siempre unos y otras entendemos lo mismo. Cada uno se compromete de una manera propia y con cuestiones diferentes.

Sin embargo, las cosas no son tan simétricas. Para los varones sigue siendo más fácil comprometerse con una causa, con un amigo, con un hijo, con una idea que con una mujer. Esto no es algo premeditado como ellas suelen creer. Dos psicoterapeutas estadounidenses --las doctoras Sonyha Rhodes y Marlin S. Potash -- escribieron el libro ¿Por qué los hombres no se comprometen? Condescendientes, explican: "Los hombres no sólo son diferentes de las mujeres, sino que además se comportan como aficionados en la intimidad y, por primera vez en la historia, compromiso significa conexión emocional y no responsabilidad económica". Si los varones resultan "aficionados" en materia de intimidad, habría que suponer que las mujeres son las "profesionales" en esta materia. Esta es una noción peligrosa, que no ayuda ni al acercamiento ni a la comprensión, aunque es compartida por muchas mujeres. Ser "profesionales" indica que, como el término dice, comprometerse es su profesión, su actividad central, que "trabajan" de comprometidas. Al arrogarse la propiedad del compromiso, son también las que tienen la facultad de fijar las reglas y la esencia del mismo. Entonces aparecen las "nuevas" expectativas respecto del varón, a cargo de mujeres que --sinceramente-- quieren mejores relaciones.

Sin embargo, en la práctica, semejantes expectativas, que se suponen alentadoras del compromiso, no cambian al varón --si se las escucha con atención-- de su lugar de proveedor. Acaso cambia la calidad de lo que debe proveer, pero no su rol. Una vez más --y ahora con las mejores intenciones-- las auténticas necesidades interiores del hombre, la conexión con sus sentimientos, quedan postergados. Esto conduce a reforzar una característica que Steven Naifeh y Gregory White Smith (¿Por qué los hombres ocultan sus sentimientos?) destacan de una manera escueta y dramática: "Los hombres simplemente se deprimen o ignoran sus sentimientos y buscan, en cambio, demostrar la actitud apropiada". Un hombre no puede preguntarse a sí mismo ¿cómo me siento? Él debe preguntarse ¿cómo se supone que debo sentirme? En principio, advierto que es importante dejar algo en claro: los hombres no hemos sido preparados para el compromiso emocional, pero además no se nos facilitan los caminos hacia ese compromiso.

Las mismas mujeres que nos quieren tiernos, sensibles, comprensivos, compañeros, etc., son las que siguen esperándonos fuertes, protectores, proveedores. Sólo Superman puede afrontar todo ese paquete. Y lo que no queremos --lo que muchos hombres estamos dejando de querer-- es seguir teniendo a Superman como modelo.

La búsqueda de los valores que hoy deseamos salir de los patrones que nos han encerrado, nos han enfermado y nos han matado, comienza por ponernos de frente a nuestros propios deseos y carencias, de cara a nuestros sentimientos y sensaciones para descubrirlos y apropiarnos de ellos, sean o no lo que se espera de nosotros (y se trate de las viejas o de las nuevas expectativas). No es cuestión de coser y cantar, si se me permite la metáfora femenina. Las primeras consecuencias son el desconcierto, la duda, el temor, el vértigo. Lo cierto es que cualquier compromiso que no comience por la coherencia con uno mismo puede resultar transitorio y ficticio.

 

Lo que se dice fácil

Las personas somos la actualización permanente de nosotros mismos. No seres estáticos, inmodificables de una vez y para siempre, sino organismos en un proceso de equilibrio, desequilibrio, reequilibrio permanente, en proceso de cambio. Más que ser, devenimos. De esto se ocupaba Jean Paul Sartre con pasmosa lucidez y profundidad y con esto elaboró una obra, cuyo eje está en El ser y la nada, después de la cual parece imposible seguir pensando igual ante cuestiones aparentemente obvias.

Si se mira con ese cristal, la palabra compromiso (tal como la entendemos y ejercemos) aparece para intentar fijar una situación, para congelar la escena de un cuadro. Al igual que otros conceptos (él subraya el de sinceridad) surge como un producto de la mala fe, considerada no como una categoría moral o como un acto premeditado, sino como un fenómeno que se desarrolla en los vínculos, que está ahí, que ocurre. Los conceptos en este caso procuran cosificar a los vínculos, hacer de ellos objetos mensurables. Compromiso, mucho compromiso, poco compromiso, me comprometo, no te comprometes. Si algo debe ser fijado, probablemente se debe a que ya no es. Si la sinceridad o el compromiso tienen que ser declarados es probable que ya no existan. Se trataría de un intento, siempre dramático, siempre angustiante, de fijar algo, de detenerlo, de objetivarlo. Se intentaría que sea en lugar de permitirle devenir, ir siendo. Y, quiérase o no, las relaciones --como las personas-- devienen, se actualizan, están a cada momento en el estado presente de sí mismas, que no es el estado pasado ni el estado futuro. Si el compromiso fuera algo que existiera fuera de las personas que se comprometen, no tendría necesidad de ser declarado. Si resulta preciso fijarlo, declararlo, es porque está permanentemente en fuga, se convierte a cada paso en otra cosa.

¿No hay posibilidad alguna de comprometerse, entonces? Quizás no con la intención con que el concepto se maneja usualmente. El primer compromiso que un ser humano puede tomar es con su libertad de elegir y de hacerse responsable de sus elecciones. Si elijo al otro (o a la otra) viendo lo que el otro (o la otra) va siendo y no lo que yo necesito --y espero o exijo-- que sea, sabré que soy el único responsable de mi elección. Cuando el compromiso consiste, en verdad, en hacerlo al otro responsable de haberlo (yo) elegido y de lo que hace o no hace por mí, lo más probable es que me sienta frustrado y traicionado.

Cuanto mejor sepamos quiénes somos, más posibilidades tendremos de discriminarnos de los demás, de no depositarles la responsabilidad de nuestras necesidades y de no reprocharles que no se comprometen cuando no responden a esas necesidades. Compromiso se dice fácil cuando se habla del compromiso del otro. Y de ahí al reproche o al diagnóstico ("fóbico", "miedoso" u otras etiquetas que los hombres conocemos) hay un paso. "Si yo no fuera sino lo que soy --escribe Sartre--, podría, por ejemplo, encarar seriamente ese reproche que se me formula, interrogarme con escrúpulo, y acaso me vería obligado a reconocer su verdad". Pero nadie es siempre lo que es, ni un compromiso --hablado, jurado-- puede cosificar una relación. Cuando la relación es un devenir, el verdadero compromiso es conmigo mismo, elijo, me hago responsable de mi elección, no la refiero a lo que se supone que debo hacer o que debo sentir. Soy esclavo de mi libertad y me discrimino e interrogo a los ojos del otro (o la otra).

 

Diez ideas para recordar

* Las mujeres tienen una noción del compromiso que viene de su formación, se vincula con algunos mandatos (la maternidad, la protección) y se plantea en términos perentorios y excluyentes.

* En la medida en que nos conectamos dificultosamente con nuestros sentimientos y necesidades, los hombres tenemos dificultad también con el compromiso.

* Nos resulta más fácil comprometernos con una idea, con una causa, con un amigo, con un hijo que con una mujer.

* Las exigencias que se nos hacen no contribuyen a que podamos centrarnos en nosotros, en nuestros ejes emocionales y afectivos, y desde ahí tender compromisos.

* Esto obedece en buena medida a que los compromisos a que se nos convoca no están vinculados con nuestra necesidad real, sino con lo que ellas necesitan de nosotros. Se nos suele pedir --con un lenguaje de alto voltaje emocional, producto de la fluidez femenina para lo sentimental-- que nos comprometamos porque somos distintos.

* Tenemos diferentes percepciones y concepciones del compromiso porque somos distintos.

* De todas maneras, un compromiso que necesita ser explicitado y juramentado, probablemente no existe. Los compromisos van siendo, en la medida en que van siendo las personas que se comprometen.

* Comprometer amenaza a menudo con ser sinónimo de cosificar, de tratar de congelar, de detener para siempre en un punto, a algo que no es más que un momento o un estado de una relación.

* El primer compromiso de una persona es con su libertad de elegir. En consecuencia, es "esclava" de esa libertad.

* No hay compromiso válido que no comience por ser compromiso con uno mismo.

 

Dar de nuevo

Me parece que cuando se limpia el polvo y cuando se desempaña el concepto compromiso, lo que sigue es poner a un lado el solemne peso que lo rodea. Pienso que cuando las mujeres acusan a los hombres de no comprometerse hacen una descripción correcta y una evaluación falsa.

En primer lugar, lo correcto: los hombres no nos comprometemos con nosotros mismos, con indagar en nuestros sentimientos, en nuestros deseos, en nuestra sensibilidad más profunda. Nos han blindado contra eso y de eso nos escapamos. Semejante situación nos empobrece emocionalmente, nos obliga a vivir en estado de alerta, nos tensiona, siembra en el interior de nosotros miedos e incertidumbres inconfesables.

En segundo término, lo falso: el compromiso que muchas veces nos proponen o que se espera de nosotros no es el que nos devuelve a nuestro propio eje para crecer e integrarnos como personas, sino el simple cumplimiento de expectativas que no son nuestras y a las que se nos convoca, una vez más, como proveedores. A lo que se nos suele invitar --bajo lenguajes más frontales o más sofisticados-- es a "comprometernos" con necesidades femeninas. Y eso sólo acelera nuestro alejamiento (consciente o inconsciente).

De lo que, en todo caso, se trata es de encontrar cada quien su propio centro y descubrir el devenir de cada relación particular entre cada hombre y cada mujer que se encuentran.

Cuanto más comprometido esté cada uno consigo mismo, menos reproches o menos temores tendrá hacia el otro. Los puntos de partida no son equivalentes, por supuesto. Las mujeres se encuentran un paso adelante: hace mucho más tiempo que no les temen a los sentimientos.

A los hombres, por nuestro lado, nos queda empezar por decir: Esta noche no, esta noche no me pidas que me comprometa a llenar tus necesidades y tus expectativas. Esta noche no esperes eso de mí porque me asusta, porque nunca se sabe cuál es la medida de las necesidades ajenas y porque esa medida nunca se alcanza. Esta noche no me pidas eso porque me aleja de mi necesidad de mirar adentro de mi corazón para saber qué siento, qué me pasa y quién estoy siendo en este momento de mi vida. Esta noche necesito empezar a comprometerme conmigo mismo para poder estar presente en cuerpo y en alma en el mundo, en la vida, ante los demás, ante vos.

 


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